jueves, 22 de marzo de 2012

Un Negro Despertar

Un negro despertar.


El viento golpeaba fuertemente contra su cuerpo. El otoño estaba abandonándolos para dejar paso al crudo invierno que se llevaba tantas vidas por delante.
Aunque hacía frío, él no lo sentía, su cuerpo no estaba diseñado para ello, por sus venas no corría sangre caliente, aunque para el tacto de otros seres, era el líquido más corrosivo que podía haber existido. Oyó un batir frenético de alas y de entre los árboles de hoja perenne, salió un enorme cuervo, negro como el carbón. Le vio alejarse por el cielo, hasta que su vuelo apresurado dejó de oírse y su silueta no era más que una mera mancha en el horizonte. Él era joven, no se lo iba a negar a nadie, pero no era estúpido y eso nadie podría negárselo. Estaba solo a su suerte, en un mundo en el que él no era bien recibido, y ahora más que nunca, debería luchar por sobrevivir, tenía que hacerlo, porque él, era la única esperanza para muchos caídos.
No conoció a su madre y tampoco a su padre, ambos murieron, pero eso no le apenó. ¿Por qué iba a lamentar la muerte de alguien a quien no conocía?
Se agitó violentamente en el risco en el que estaba subido. Su cabeza era un mar de emociones y sentimientos que no le permitían actuar como debía. Acababa de pasar por un pueblo, no tenía intención de hacer daño, pero eso, ellos no lo sabían y actuaron como habría hecho cualquiera que no quería sufrir la ferviente ira del Rey. Y ese estúpido acto, casi le cobra la vida, porque él debería estar muerto por ser lo que era, un dragón.

Valo se despertó de golpe, gritando. Estaba empapada de sudor frío y respiraba apresuradamente, se incorporó y miró hacia todos los lados hasta que se encontró con una silueta.
    —Tranquila —dijo—. Vuelve a dormirte, ha sido una simple pesadilla.
La chica asintió en silencio y se tumbó de nuevo, la serena voz de Ikonen la había calmado un poco, aunque sabía que lo que había soñado, no había sido una simple pesadilla.
Cerró los ojos y no tardó mucho en dormirse.
    Estaba sola en mitad de la nada, caminaba sin saber muy bien a dónde iba, solo sabía que era su deber hacerlo. Vestía un precioso vestido de lino del color de sus ojos, sonreía, estaba impaciente por llegar a su destino, aunque no sabía por qué. Caminó unos cuantos pasos más hasta que su sonrisa se borró de inmediato, todo a su alrededor se volvió negro, donde antes había habido un sólido suelo, ahora no había nada y ella empezó a caer.
Quería gritar, pero de sus labios no salía nada, entonces tocó el suelo. Aturdida, se levantó y miró lo que la rodeaba, era un bosque, desconocido y conocido a la vez, sabía que había estado ahí antes, aunque no sabía ni cuándo ni por qué. Caminó hacia delante, algo le decía que debía de ir por allí y lo vio, Aleksi Ikonen estaba tirado en medio del bosque, se quejaba pesadamente y decía que cosas que Valo no comprendía. Se acercó a él rápidamente, asustada, el chico estaba lleno de sangre y tenía una profunda herida a lo largo del pecho, era reciente. Gritó de horror y entonces él abrió los ojos y los fijó en ella, pero se llevó una horrible sorpresa al ver unos iris negros como el azabache, dejó de quejarse y sonrió.
    “Así que has decidido venir” rió fuertemente al ver el espanto en la cara de la chica. “Me pregunto qué dirían tus hermanos al verte así, llena de sangre de inocentes.”
Valo se miró de nuevo, y, en efecto, estaba manchada de una sangre que no era suya, se echó hacia atrás de la impresión y gritó de nuevo, no, ella no era una asesina, no podía haber sido ella.
    “¿Dónde están ellos?”
Aleksi rió de nuevo y empezó a convulsionarse, Valo le miraba espantada, su corazón latía fuertemente y se le formó un nudo en la garganta. Delante de ella estaban Arvo y Adam, muertos.
    “No…” susurró “¡No!”
Echó a correr en la otra dirección, pero la risa de Aleksi cada vez sonaba más fuerte y más cerca, se paró en seco cuando una sombra negra se materializó delante de ella. Empezó a llorar de puro miedo y cayó al suelo de rodillas. Oyó una carcajada, pero no era la de Aleksi, sino la de una mujer. Era una risa aguda y cruel, pero de pronto cesó. La sombra que estaba delante de ella empezó a adquirir una forma, a los pocos instantes tuvo delante de ella a Lumi. La maga la miraba, ausente, sus ojos verdes carecían del habitual brillo que solían tener. Valo se sintió un poco más reconfortada y dio un paso hacia ella, de pronto, la mandíbula de Lumi se abrió de forma inhumana y dejó salir un ensordecedor grito, acompañado de una cruel carcajada. Valo gritó de nuevo y comenzó a alejarse de ella, pero su fría voz la detuvo.
    “¿Ya te vas?”
Lumi empezó a acercarse velozmente, sus ojos ya no eran verdes, sino negros y estaban cargados de odio, pero entonces se paró. Empezó a deshacerse entre gritos de dolor, pero no eran suyos, eran gritos de niños. Valo contempló la escena con los ojos muy abiertos, temblaba violentamente, tenía miedo, y frío, mucho frío. Entonces se percató de que había algo detrás de ella y se estremeció cuando notó un frío tacto sobre su sensible piel, no sabía qué era, pero era frío y húmedo. Se giró violentamente y vio a su padre, tenía la mirada perdida y su piel tenía un matiz grisáceo.
    “¿Pa… Padre?”
Sus ojos, carentes de vida se posaron sobre los de ella, Valo ahogó un alarido cuando vio el odio reflejado en los dos iris de su padre. Este sonrió ampliamente y sacó un cuchillo viejo, lleno de sangre seca. Cuando lo levantó para clavárselo, una luz cegadora hizo que la soltara y él se desvaneció con un horrible grito agónico, Valo cayó al suelo, exhausta y muy asustada, entonces oyó una voz profunda, estaba llamándola.
    “Necesito tu ayuda, Valo Hawke.”
Aleksi se sobresaltó con el grito de Valo y se aproximó a ella.
    —¡Valo! —gritó mientras la sacudía para despertarla—. ¡Valo!
Ella abrió los ojos de golpe y gritó más fuerte cuando vio a Ikonen sobre ella.
    —¡Suéltame! ¡Socorro!
    —¡Hawke! ¡Soy yo! ¡Soy Ikonen!
Valo dejó de revolverse y le miró a los ojos, entonces se abrazó a él y se puso a llorar.
    —¡Ikonen! —Sollozó— Ha sido horrible.
    —Tranquila, ya ha pasado todo —Aleksi le estaba acariciando el pelo mientras ella lloraba en silencio sobre su pecho.
    —Tú… Tú estabas allí —consiguió pronunciar—, tú querías matarme.
Aleksi se quedó perplejo ante las palabras de ella, pero la abrazó más fuerte mientras ella se aferraba con desesperación a su camisa, la cual estaba mojada por sus lágrimas.
    —Mis hermanos estaban muertos. Yo los maté —su voz era temblorosa debido a las lágrimas—, yo los había matado.
Ella sollozó con fuerza. De pronto la puerta de la habitación se abrió y entraron Arvo y Lumi, preocupados.
    —¿Qué ha pasado?
Aleksi soltó a Valo rápidamente notablemente incómodo, dejándola confusa, pero luego percató en su hermano y en su acompañante femenina.
    —He tenido una pesadilla.
Arvo suspiró aliviado y se acercó lentamente a Valo, se sentó en el borde de la cama y la abrazó.
    —…y eso es lo que he visto —se calló de golpe.
Lumi la miraba preocupada y se acercó a ella.
    —¿Había algo más?
Valo le dedicó una mirada de desconfianza, pero entonces asintió.
    —Oí una voz —hizo una pausa—, me llamaba, me estaba pidiendo ayuda, me salvó de que… bueno de que padre me matara. Y luego me desperté.
    —Una voz… —repitió la maga— ¿Qué tipo de voz, Valo?
Aleksi bufó ante la pregunta de la maga y esta le fulminó con la mirada.
    —No sabría explicarlo bien —balbuceó Valo—. Era desconocida, cálida y muy profunda. Me sentí protegida cuando la oí.
Lumi la estaba mirando fijamente, pero a diferencia de en su sueño, esta vez sus ojos sí que brillaban.
    —Chicos.
Los cuatro miraron hacia la puerta, Adam estaba allí, tambaleándose levemente debido al temblor de sus piernas. Tenía un aspecto horrible; su pelo estaba alborotado y sucio, tenía la cara manchada de barro, sangre seca en un labio y dos pronunciadas ojeras ocupaban gran parte de su demacrado rostro, sus ojos grises estaban inyectados en sangre y tenía una extraña herida en la nariz.
    —¿Qué sucede? —La voz de Lumi sonó más chillona de lo que ella pretendía y Adam la miró fijamente.
    —A tu gato —hizo una pausa—, le pasa algo.

Colérica era la palabra que mejor la definía en estos momentos. Miraba el suelo con desdén y, aunque nunca lo reconociera en voz alta, con cierta tristeza. El color gris predominaba en lo que una vez fue un colorido pueblo, había llegado demasiado tarde y nunca podría perdonárselo, no era la primera vez que eso le ocurría. Decidió adentrarse en lo que quedaba de aldea, tenía un mal presentimiento y estaba segura de que lo que estaba buscando no iba a hacerla sentir mejor. Y no se equivocaba. No tardó mucho en llegar a la que supuso que era la plaza de aquel pueblecito tranquilo que no había hecho nada malo. Su corazón se encogió ligeramente en su pecho al ver semejante atrocidad; delante de ella estaban todos los aldeanos que vivían allí, muertos, unos encima de otros, con una horrible mueca de dolor en sus manchados rostros. Pero lo peor no era eso, las cabezas de unos diez niños estaban clavadas en estacas de madera, rodeando el montón de cuerpos que se hallaban inertes delante de ella. Se quedó mirando la estampa durante unos minutos, se sentía impotente y muy furiosa. Un doloroso recuerdo se extendió por su cuerpo, haciéndola temblar ligeramente, apretó con fuerza la empuñadura de su fina espada y se dio la vuelta. Ya no había nada que pudiera hacer allí. Salió del pueblo y se acercó al lugar en el que había dejado a su caballo. Con rabia, montó en él y le espoleó de forma brusca, provocando que el animal soltara un relincho de fastidio y que se alejara de allí a galope tendido. Hacía tiempo que no sentía esa desazón en el pecho, a pesar de que había visto montones de escenas parecidas. Se estremeció al recordar la cálida voz de su madre cuando la dejó escondida en aquel claro del espeso bosque que rodeaba a su hogar, había ido a buscar a su hermana, pero ninguna de las dos regresó. Pasó dos días en aquel lugar, esperando a que volvieran a por ella, rogando porque no les hubiera pasado nada; al tercer día decidió salir de su escondite con la intención de buscarlas, pero lo único que encontró fue un devastado pueblo y una pequeña pila de cadáveres, entre ellos su madre, su hermana había desaparecido. Esa noche lloró junto al cuerpo sin vida de su progenitora, se había quedado sola demasiado pronto, y aunque era joven, se juró a sí misma que no permitiría que masacres como esa ocurrieran, no si ella podía evitarlo.
Era una luchadora nata, no tenía piedad con aquellos que no la merecían y le encantaba cubrirse de la sangre de sus víctimas. Podía enfrentarse perfectamente a unos veinte hombres y salir ilesa del combate, y eso la hacía sentir poderosa y muy viva.
Galopó sin rumbo hasta que empezó a divisar la silueta de lo que parecía un pueblo, solo entonces se acordó de lo exhausta que estaba y decidió acercarse para pasar la noche y comer algo. Espoleó de nuevo al fatigado caballo que aumentó el ritmo a regañadientes.
Tras media hora, la joven por fin llegó a su destino. Un pequeño puente de madera cruzaba un río no muy ancho y al pasar por encima, la madera crujió notablemente, haciendo que el semental negro retrocediera un par de pasos, asustado. Ella se bajó irritada y solo entonces se percató en el agudo dolor que recorría su columna y sus piernas. Con una mueca de disgusto agarró con firmeza las riendas del caballo y tiró de él, maldiciendo en voz alta al ver que el tozudo animal no se movía.
    —Maldito animal —miró al caballo a los ojos mientras tiraba de las riendas—. Vamos, muévete. No te va a pasar nada.
La chica dio un par de pasos por el puentecito de madera, sin dejar de mirar al animal.
    —¿Ves? Es completamente seguro —el caballo levantó las orejas y dio un paso hacia ella, la joven empezó a sonreír victoriosa, pero cuando dio el tercer paso, la madera rugió fuertemente, haciendo que el caballo se echara para atrás y la tirara al suelo.
    —Maldito bicho —dijo poniéndose en pie con dificultad. Fulminó a su semental con la mirada y se dio cuenta de que detrás de ellos había una persona. De forma instintiva, llevó su mano a la empuñadura de la espada que descansaba tranquilamente atada a su gastado cinturón de cuero.
    —Es un animal inteligente.
El dueño de la voz se aproximaba con pasos lentos hacia ella, haciendo que su instinto de supervivencia se activara de golpe.
    —¿Y tú quién eres? —Dijo con desdén.
Se paró y la miró a los ojos, tenía una casi imperceptible sonrisa en el rostro.
    —Me llamo Thomas —dijo el joven—. Vivo en Ladja.
Ella le miró desafiante durante unos instantes.
    —Soy Mint.
Thomas asintió en silencio mientras observaba al caballo.
    —No va a cruzar el puente por mucho que le amenaces —dijo tranquilo—, acompáñame y te llevaré por otro camino.
    —¿Qué te hace pensar que voy a acompañarte?
Se encogió de hombros bajo la fulminante mirada de ella.
    —Tú misma —se agachó y cogió unos cuantos troncos cortados.
Mint le observaba mientras empezaba a alejarse, entonces él se giró de nuevo.
    —Por cierto, te recomiendo que no intentes cruzar el puente, no creo que aguante el peso del caballo —y dicho aquello, volvió a girarse. La joven le observaba mientras caminaba, y tragándose su orgullo, le siguió, guiando a su caballo. Thomas iba un par de metros por delante de ella, sin percatarse de que le estaba siguiendo, pero entonces Mint soltó una maldición al haberse tropezado con una piedra y él sonrió cuando oyó a la chica.
    —Te advierto que como intentes hacerme algo, te rebano el cuello —dijo ella poniéndose a su altura.
La miró y sonrió levemente.
    —¿Por qué iba a hacerte daño? —Arqueó una ceja—. Si hubiera querido hacerte algo, ya te lo hubiera hecho, ¿no crees?
Ella miró al frente y sonrió irónica.
    —En estos tiempos no puedo fiarme ni de mi sombra.
    —Tienes razón.
El resto del camino lo hicieron en silencio. Cruzaron el río cuando el cauce era tan fino que apenas llevaba agua y se adentraron dentro del pueblo. La gente iba de un lado para otro, algunos llevaban gallinas en las manos, otros cestos de mimbre y vio a un par de madres que cargaban con sus hijos, no era demasiado grande, pero tenía buen ambiente y eso hizo que la moral de la chica subiera.
    —¿Dónde puedo pasar la noche, Thomas?
    —Hay una posada cerca.
    —Bien, llévame hasta allí, por favor —pidió ella.
    —Pero es muy cara, tal vez podrías pasar la noche en mi casa, tenemos camas de sobra.
La joven le fulminó con la mirada, no parecía un mal muchacho, pero no podía correr riesgos.
    —Tranquila —le dijo él—, vivo con mi familia. Vamos, estarás bien. Además, la comida de mi madre es mucho mejor que la que sirven en la taberna.
Mint suspiró, estaba cansada y no tenía mucho dinero tampoco, así que accedió. Thomas la guió a ella y aMörk –Oscuro– entre las callejuelas hasta que llegaron a una casita de cuya chimenea salía un humo negro.
    —Puedes dejar a tu caballo aquí —dijo él frente a un pequeño establo en el que había un caballo tordo—, nos sobra una cuadra.
    —Gracias —respondió Mint mientras se adentraba seguida de Mörk. Metió al caballo en el lugar en el que Thomas le había indicado y cogió sus cosas de las alforjas, mientras que el chico le ponía agua y comida al animal.
    —Bueno, pues vamos. Mi madre ya debe de haber hecho la cena.
Ambos salieron de las cuadras y se dirigieron a la casa, cuando entraron, un delicioso olor a carne asada inundó las fosas nasales de Mint, recordándole que llevaba dos días sin comer. Sus tripas rugieron y Thomas sonrió.
    —Madre —dijo el chico—. Ya he llegado.
Una mujer bajita y rechoncha salió de lo que parecía ser una cocina, en cuya mesa, descansaba un cordero asado. La mujer escrutó a Mint con la mirada, tenía las mejillas sonrosadas y brillantes a causa del sudor y unos cuantos mechones de pelo cano le cubrían el rostro. A pesar de tener el ceño fruncido, sus ojos mostraban una gran bondad.
    —Hola, hijo. ¿Quién es tu amiga?
    —Me llamo Mint, señora —se apresuró a decir la joven.
    —Va a pasar la noche aquí —la mujer fulminó a su hijo con la mirada—. Apenas tiene dinero para dormir en la taberna de Sami.
Ella asintió y luego mostró una amplia sonrisa.
    —Bueno, pues entonces eres bienvenida.
    —Lamento causarles molestias.
    —Tonterías, hija. Tras haber criado a cinco niños, una ya está acostumbrada a esto. Thomas, querido, ve a buscar a tu hermano, está en la parte de atrás.
El joven asintió y salió por la puerta, en busca de su hermano.
    —Ven, pasa, no te quedes ahí parada.
Mint reaccionó y siguió a la mujer hasta la cocina, cada vez tenía más hambre.
    —Me llamo Veera —se presentó ella—. Bueno, bueno, siéntate donde quieras hija, como si estuvieras en tu casa.
La joven miró la mesa, había ocho sillas y solo había cuatro con plato y cubiertos, Mint decidió sentarse en un extremo.
    —Ahora que mis hijos mayores se han ido, noto la casa muy vacía. Dime, ¿cuántos años tienes?
    —Dieciséis.
Veera la miró con sorpresa.
    —¿Y estás viajando sola? —Mint asintió—. Es peligroso que una niña viaje sola, y más con las desgracias que están pasando.
Ella se puso rígida, como si no lo supiera.
    —Mis padres están muertos.
    —Oh…
    —Voy a Harren, con mi tío —mintió—, él se hará cargo de mí.
Un silencio incómodo se formó entre ellas, pero la voz de Thomas y de otro chico se hizo presente, haciendo que Veera suspirara aliviada.
    —¡Qué bien huele! —Exclamó un chico rubio, parecía más joven que Thomas—. Vaya, tú debes ser la chica que se encontró Thom antes —sonrió y le tendió una mano que Mint tardó en tomar—. Me llamo Petri.
    —Mint.
    —Bueno, bueno, ya tendréis más tiempo luego para hablar, ahora sentaos a comer.
Los dos chicos hicieron caso a su madre y se sentaron en frente de la chica, que miraba fijamente al cordero asado. Al poco tiempo, un alto y fornido hombre entró por la puerta, tenía una larga barba de color rubio apagado y una densa mata de pelo rubio también, bajo sus pobladas cejas, había dos grandes ojos marrones que miraban a la joven con curiosidad y un matiz de desconfianza. Mint no se percató de su presencia hasta que se sentó junto a ellos, haciendo que la mesa y lo que había encima de ella, vibrara levemente. La chica se giró despacio y se encontró con unos penetrantes ojos castaños que parecía que la estaban atravesando, el vello de su nuca se erizó levemente y le mandó una mirada desafiante, no se dejaría asustar por aquel individuo.
    —Cariño —intervino su esposa. Su suave voz intentaba disipar la tensión que se había formado en poco tiempo—. Ella es Mint, está de paso y Thomas le ofreció pasar aquí la noche.
El corpulento hombre la miró, tenía el ceño fruncido levemente.
    —¿Sin preguntarme antes? —Dijo con una potente voz, Mint se puso alerta, no le daba buenas vibraciones—. Ya sabéis lo que opino de meter extraños en mi casa. No son buenos tiempos para fiarse de nadie, Veera, ya lo sabes.
    —Pero Markus —la mujer dejó lo que estaba haciendo y miró a su marido de forma severa, sus ojos verdes brillaban con intensidad—, es solo una niña.
El hombre rió con amargura y miró a sus hijos y a su mujer.
    —Como si los niños de hoy fueran estúpidos. Cuando menos te lo esperes, ¡zas! O te roban el poco dinero que tienes o te degollan sin piedad.
Mint se levantó sin decir nada y salió de la casa dando un portazo. No iba a aguantar las estupideces de nadie, ese hombre no era nadie para insultarla de aquella manera, sobre todo si había accedido a pasar ahí la noche después de que la hubieran insistido tanto. Llegó al cobertizo en el que estaba su caballo, le ensilló y guardó sus cosas en las alforjas.
    —Vámonos —le dijo al enfadado animal que acababa de ser despertado—. ¡Encima no te enfades, Mörk! No deberíamos haberle hecho caso a aquel chico.
Sacó al caballo de la vieja cuadra y se montó.
    —¡Mint! —Oyó que gritaban su nombre—. ¡Por favor, perdona a mi padre!
    —No tengo nada que perdonarle —dijo ella solemne—. Tiene toda la razón del mundo.
    —Por favor, quédate hoy. Es casi de noche, puede ser peligroso.
La joven le miró irritada.
    —No soy bien recibida en tu casa.
Thomas se agarró del cabello rubio con cierta desesperación y se acercó a ella.
    —Mi padre no es el mismo desde que murió mi hermano mayor.
El silencio se cayó sobre ellos. La joven le miraba con ojos sombríos y en la mirada de Thomas se podía apreciar un brillo de esperanza. Finalmente ella negó con la cabeza.
    —Pues déjame ir contigo —aquello pilló desprevenida a Mint, que se aferró con fuerza a las riendas de su montura.
    —No puedes venir conmigo, Thomas —dijo con suavidad—. Es peligroso y no quiero que te ocurra nada.
    —Por favor —suplicó—. Sácame de aquí, eres mi única esperanza para labrarme un futuro por mí mismo.
Mint le observó durante un par de minutos, en silencio.
    —Por favor…
    —Está bien, coge lo que necesites —el chico le sonrió ampliamente y salió en busca del otro caballo que había en la cuadra—. ¡Date prisa!
Al poco tiempo, Thomas salió con el caballo gris, le pidió que se lo sujetara un momento y salió corriendo hacia su casa. Mint esperó unos cuantos minutos, empezaba a impacientarse, pero entonces, apareció él con un petate, lo ató a la silla de su caballo y montó en él.
    —Mis padres están discutiendo. No les he dicho nada.
    —¿Estás seguro de qué quieres abandonar a tu familia?
Thomas vaciló un poco antes de responder.
    —Completamente.
    —Bien —dijo Mint—. Pues vámonos.
Y dicho aquello, espoleó a Mörk hasta que se puso a galope. En silencio empezó a alejarse de Ladja, seguida de Thomas.