domingo, 26 de febrero de 2012

Hurme

Hurme.


El último tramo del camino se hizo extremadamente largo, Smaragdi y Lumi iban delante, preparadas para atacar si fuera necesario, Arvo las seguía de cerca, absorto en sus pensamientos, los cuales tenían que ver con lo que había dicho la maga, ¿tendría razón? O lo que era más importante: ¿Tendría alguna oportunidad de vencer? No lo sabía, pero lo más probable era que su esfuerzo fuera en vano, una banda de rebeldes no podría vencer al enorme ejército del rey. Adam pisaba el suelo fuertemente con cada paso, quería demostrarle a todos cuan de grande era su enfado, también quería darle una brutal paliza a Ikonen y encerrar a su hermana en una habitación sin ventanas, para que no pudiera verle más, el simple hecho de que Arvo y Valo se pusieran de parte de aquel imbécil hacía que le hirviera la sangre. ¿Es que estaban sordos? ¿No oían las múltiples burlas que decía y dice sobre ellos? Resopló como un toro bravo y la enorme felina giró rápidamente la cabeza para ver qué había sido aquel ruido, se encontró con una fría mirada gris, que la observaba duramente, cuando los humanos adultos se comportaban como cachorros, era mejor no decirles nada; Ikonen caminaba distraído, mirando disimuladamente a Valo cuando tenía oportunidad, la odiaba, con toda su alma, desearía poder hacerla sufrir, como él estaba sufriendo, quería hacerla pagar por lo que estaba despertando en su interior; la chica rubia caminaba mirando al suelo, pensaba en Lumi, en Smaragdi y en la magia de la primera, la envidió, y luego pensó en Aleksi, quería decir en Ikonen; parecía tener un trastorno bipolar: que si ahora la besaba, que si la insultaba, que si luego la defendía, que si al rato se reía de ella en sus narices…  Le odiaba, o bueno, eso creía ella, aunque poco a poco se iba dando cuenta de que el odio que le habían inculcado sus hermanos, no era más que resentimiento, si le hubiera odiado no le hubiera defendido de Adam, ni le hubiera acompañado a su casa y por supuesto, no habría dormido con él para protegerle del frío; además, se estaba acostumbrando a su compañía, a sus comentarios ofensivos y a las penetrantes miradas que le otorgaba, sí, estaba claro que lo que ella había considerado odio toda su vida, que en realidad había sido recelo y resentimiento, estaba dando paso a un extraño… Cariño, y eso la asustaba mucho, muchísimo.
Con cada paso, las casitas dejaban de ser simples manchas en el paisaje blanco, su forma se iba definiendo y el humo negro que salía de ellas se hacía más notable. Arvo suspiró aliviado al divisar la casa de Laila –su casa estaba un poco más alejada del resto– y sonrió levemente pensando en la chica, era una joven agradable y sus padres habían hablado de casarles, pero a Arvo no le atraía, tal vez porque era demasiado joven para él o porque no se había planteado casarse aún.
    —¿A qué te dedicas?
La suave voz de Lumi le trajo al presente, ella no le miraba pero se estaba refiriendo a él, lo sabía.
    —Soy aprendiz de herrero —dijo él vacilante—. Ayudo a mi padre y espero poder llegar a ser como él.
    —¿Es una profesión importante entre los tuyos? —preguntó Lumi, mirándole de reojo.
 Arvo se rascó la cabeza.
    —Bueno, sí. Se fabrican armas y otros objetos de metal.
Lumi sonrió levemente mientras le miraba.
    —En Metsänellver también hay herreros.
    —Lo sé, he oído hablar de las espadas que fabricáis
Ella asintió, orgullosa.
    —Son bastante diferentes a las vuestras. Nosotros empleamos magia y nuestras armas suelen ser más finas, parecidas a las de los elfos, también son más manejables y eficaces.
    —Mi padre tiene una espada de esas —dijo Aleksi—, fue un regalo.
    —¿Tu padre ha tenido contacto con los nuestros? —preguntó incrédula.
    —Sí.
    Los magos de Metsänellver no suelen relacionarse con las otras razas, es raro que tu padre tenga una de nuestras espadas.
    —Más raro es que haya entablado una amistad con un mago de Metsänellver.
Aleksi se encogió de hombros y miró con arrogancia a Adam.
    —Es que mi padre es alguien importante —dijo con sorna, Adam resopló—. Mi familia es la más rica de la zona.
    —¿Sí? —Preguntó Lumi— ¿Y a qué se dedica?
    —Es mercader, viaja mucho y ha conocido a multitud de gente, también ha viajado por las tierras que habitan los magos como tú, ahí fue cuando trajo la espada a casa.
    —Vaya, que suerte. Es fabuloso poder viajar por el mundo —la chica sonrió—. Me gustaría poder hacerlo.
    —Pero si ya lo estás haciendo —intervino Adam—, tú has viajado hasta aquí desde los Bosques del Norte.
Ella le miró.
    —No es lo mismo. Yo no viajo por gusto.
Un silencio incómodo se formó entre ellos, hasta que fue interrumpido por la voz de Valo. La chica rubia salió corriendo en dirección a su hogar, tiraba con energía del caballo, parecía que el animal no quería regresar a su mugrienta cuadra. Ella corría feliz, gritando por fin de vez en cuando, cada vez estaba más cerca y eso hacía que su grado de euforia aumentara velozmente.
    —¡Valo! —gritó Adam.
Oyó que la llamaban desde atrás, pero ella hizo oídos sordos y se dirigió rápidamente a su casa, quería ver a sus padres, necesitaba oír sus voces, aunque fuera para reprenderla por haber pasado la noche en el bosque. En una parte de su recorrido, Nougat se frenó en seco y empezó a cabecear, Valo, irritada, tiró fuertemente de la cuerda que llevaba el caballo, provocando que este se pusiera de manos relinchando fuertemente, ella cayó al suelo de culo mientras veía como Nougat se alejaba por dónde habían venido. Farfullando maldiciones se levantó y se sacudió la nieve, miró el lugar por el que se había escapado su semental blanco y se acordó de sus hermanos, ya deberían haber llegado a donde estaba ella. Frunció el ceño y le restó importancia, ya llegarán, se dio la vuelta y echó a andar de nuevo.
Cuando divisó su casa, corrió hacia ella como alma que lleva el diablo y entró por la pequeña puerta como una exhalación.
    —¡Madre! —Gritó feliz— ¡Padre! ¡Hemos vuelto!
La única respuesta que recibió la chica fue un intenso silencio.
    —¿Madre? —dijo más alto.
Esperó un par de minutos antes de volver a llamarles otra vez, pero no recibió respuesta, bueno, no le extrañaba, estarían trabajando.
Salió en dirección a la pequeña casa donde trabajaba su madre, pero al llegar, su madre no estaba allí, eso era poco común, pero seguro que estaba en la herrería con su padre. Salió cerrando la puerta lentamente y se dirigió vacilante a la forja de su padre. Atravesó una estrecha calle y luego salió a una que llevaba a la plaza de Sanum, Valo iba caminando distraída, por eso no se extrañó cuando se tropezó y cayó al suelo, emitió una maldición y al incorporarse y levantar la mirada, se encontró con una horrible escena; un grito desgarrador salió de su garganta y no cesó hasta que su voz se quebró. Tomó aire, y volvió a grita más fuerte mientras sus enormes ojos azules se llenaban de lágrimas; temblaba violentamente y estaba paralizada, delante de ella, había una enorme pila de cadáveres; la nieve de su alrededor estaba pisoteada y llena de sangre y barro, entre los cuerpos inertes, pudo diferenciar a Laila Alho, a Sami Autio y a su mujer, a una niña rubia hija de una amiga de su madre y a su padre. No podía apartar la mirada aunque era lo que más deseaba hacer, ni siquiera lo hizo cuando notó como Smaragdi la subía sobre su lomo y la alejaba de allí a gran velocidad; reaccionó por fin cuando una lanza pasó rozándolas y la kissasuuri emitió un gruñido grave con la garganta al verse rodeada por cinco hombres armados y ataviados con una cota de malla; eso no hubiera supuesto ningún problema para ella, pero ahora llevaba a una niña asustada y trastornada en la espalda, lo único que pudo hacer fue llamar a Lumi.
    ¡Lumi! ¡Necesito que vengas! ¡¡Date prisa!! ¡No sé cuánto tiempo podré aguantar!
Smaragdi no recibió una respuesta por parte de la maga, pero al poco tiempo, una ráfaga de luz blanquecina arrolló a tres de los hombres, haciendo que los dos restantes se lanzaran contra ella y contra Valo. Buscó desesperada a Lumi y al no verla, echó a correr en la dirección opuesta a la de los soldados, corrió todo lo rápido que pudo, pero no fue suficiente, una lanza le había alcanzado y se había clavado profundamente en su pata trasera derecha, gritó de dolor mientras ella y Valo caían al suelo sin poder remediarlo, la nieve de su alrededor estaba llena de su sangre y de pelo rubio, la chica estaba tirada a su lado, aparentemente, inconsciente.
    —¡Smaragdi!
La kissasuuri alcanzó a oír la voz desesperada de Lumi, estaba perdiendo sangre a una velocidad peligrosa y todo lo que estaba a su alrededor empezó a ser borroso, intentó levantarse, pero fue en vano, le dolía demasiado y no tenía fuerzas para hacerlo, se temía lo peor. Entonces, de manera involuntaria, cerró los ojos.

Abrió los ojos lentamente, le dolía la cabeza como si le hubieran aporreado con un martillo y notó que tenía una tablilla en la muñeca izquierda, desconcertada, intentó moverla, pero soltó un quejido al hacerlo, tenía un hueso roto. Miró al techo, pero no reconoció el lugar en el que se encontraba, estaba cansada y le dolía todo el cuerpo. Oyó un leve suspiro, entonces se dio cuenta de que en una esquina de la pequeña habitación, había una sombra. Reconoció los anchos hombros de su hermano mayor, estaba sentado en un viejo taburete, con la espalda apoyada en la pared y la cabeza gacha.
    —Arvo —Valo se sorprendió a sí misma cuando oyó su voz. El chico reaccionó cuando escuchó su nombre y levantó la cabeza para mirar a la chica.
    —Valo —se levantó despacio, en su rostro se formó una mueca de dolor y Valo pudo apreciar que tenía una venda llena de sangre en el brazo derecho—. ¿Cómo estás?
La chica cerró los ojos con fuerza, sus ojos se humedecieron velozmente cuando vio a su hermano, una fugaz imagen se formó en su mente.
    —No lo sé.
Él no dijo nada, se limitó a observar a su hermana pequeña, todavía no podía creerse lo que había sucedido.
    —Yo tampoco termino de creérmelo, Valo.
Valo le miró, una lágrima se resbaló por su mejilla.
    —¿Qué vamos a hacer ahora? —Sonaba desesperada—. No tenemos ningún lugar al que ir.
    —No te preocupes por eso ahora, Valo.
    —No puedo pensar en otra cosa, Arvo. ¡Estamos solos!
La joven comenzó a sollozar escandalosamente, provocando que su dolor de cabeza se acentuara más.
    —¿Dónde estamos? —Dijo cuando estuvo un poco más calmada.
    —En casa de Ikonen. Estaremos aquí hasta que estéis bien, luego nos iremos.
    —¿Estemos? ¿Acaso Adam está herido? —Preguntó nerviosa.
Arvo negó rápidamente.
    —No, no, solo tú y Smaragdi, gracias a ella y a Lumi, tú estás bien.
    —¿Qué le pasó a ella? —Su voz se quebró de nuevo y absorbió fuertemente por la nariz.
    —Le clavaron una lanza —Valo se llevó una mano a la boca—, pero no te preocupes, Lumi intervino a tiempo, está bien, un poco cansada, pero bueno, podría haber sido peor.
Valo se incorporó levemente, pero desistió poco después al notar un fuerte pinchazo en la espalda. Nunca se había sentido peor, ni física ni psicológicamente.
    —Bueno, será mejor que me vaya y que te deje descansar.
    —¡No! —Gritó—. ¡No me dejes sola, por favor Arvo! —Suplicó ella.
    —Más tarde vendré a verte, ahora necesitas descansar —y dicho aquello, se acercó a Valo y le dio un beso en la frente.
Arvo salió cerrando tras de sí, no podía más, y, apoyándose en la tallada puerta, se derrumbó. Su vida tranquila y sin preocupaciones se había esfumado tan rápido como la arena entre los dedos, y había entrado en el mundo de los adultos de manera brusca, arrastrando a sus hermanos con él. El haber visto a todos los habitantes de su pueblo, muertos, amontonados como animales, le había arrebatado su inocencia, a él, a Valo y a Adam. Si no hubiera sido por la maga, ellos habrían corrido la misma suerte que sus difuntos padres, nunca podría agradecerle que les hubiera salvado la vida.
    —Arvo.
El chico se limpió las lágrimas rápidamente con la sucia manga de su camisa y miró fijamente a Lumi, ésta tenía el rostro tenso y se le habían marcado unas arrugas en la frente, provocadas por la angustia y la preocupación.
    —¿Cómo está?
    —Mejor de lo que esperaba —respondió secamente, aunque no era su intención ser grosero.
    —Me alegro —sonrió levemente—, he preparado té, te vendría bien tomar algo caliente, tu hermano y Aleksi ya están allí.
    —Gracias —le sonrió.
    —Vamos.
Y dicho aquello, la morena le guió hasta la cocina.
Al llegar vio todo el suelo manchado de sangre y encima de la enorme mesa de madera de roble, estaba tumbada Smaragdi, respirando pesadamente. Tenía una profunda herida de la que brotaba un pequeño hilo de sangre oscura, las pequeñas gotitas rojas, resbalaban hasta llegar al suelo, formando un enorme charco de sangre, Arvo la miraba fijamente. Adam y Aleksi estaban sentados al lado de la lumbre, cubiertos con una manta y sosteniendo una taza de té humeante cada uno, Adam estaba cabizbajo, a diferencia de Aleksi, que tenía la mirada puesta en algún punto fijo de la habitación.
    —¿Cómo está?
Lumi sonrió débilmente mientras le servía un poco de té en una tacita blanca.
    —Ha tenido momentos mejores —dijo lentamente, intentando contener el llanto—, pero siempre ha sido muy fuerte, esto no podrá con ella.
    —Lumi —ella le miró—, haré lo que pueda para que se ponga bien, tú solo dímelo e intentaré hacerlo.
    —Gracias, Arvo, eres una gran persona.
Él negó.
    —Se lo debo, os lo debo a ambas. Nos habéis salvado la vida.
    —Bueno, es mejor morir ayudando a otros que morir intentando salvar tu pellejo.
Durante unos minutos, el silencio invadió la estancia, lo único que se escuchaba eran las gotas de sangre al impactar contra el suelo.
    —¿No sería mejor que le pusieras una venda? Así cortaría la hemorragia.
    —No, debe estar al aire, así la herida cura mejor.
    —Pero es malo, está perdiendo sangre.
    —Lo sé —dijo tranquila—, pero el aire elimina las bacterias, ha de estar así toda la noche, mañana le aplicaré un ungüento curativo, eso hará que la herida no tarde en cicatrizar. Siempre se hace así en Metsänellver.
Arvo dirigió su mirada hacia Lumi y tomó la taza que sostenía entre las manos.
    —Hawke —Lumi y Arvo se giraron al oír la voz de Aleksi—. ¿Cómo está tu hermana?
    —Bueno, está mejor de lo que esperaba.
    —¿Te importa si voy a verla? —su voz sonaba temerosa y temblaba ligeramente.
Arvo negó sorprendido, y Lumi y él observaron como Aleksi, cojeando, se dirigía a la habitación de Valo.
A pesar de que Adam estaba despierto, no replicó ante la petición de Aleksi, simplemente  se limitaba a observar el líquido amarillento que contenía su taza, demasiado contrariado como para decir o hacer nada.
Aleksi estaba con la mano en alto frente a la puerta de invitados de su casa, dudando de si tocar o entrar sin llamar, al fin y al cabo estaban en su casa, optó por la segunda opción y entró sin más. Valo estaba recostada en la cama, con los ojos cerrados y algún que otro pelo rubio pegado a la cara a causa de las lágrimas, tenía las manos en el regazo, por fuera de las mantas y respiraba lentamente, él cerró la puerta sin hacer ruido, mientras la miraba sin apenas respirar, y luego acercó el taburete a la cama, se sentó y se puso a observarla en silencio. Valo abrió un ojo y miró a Aleksi fijamente.
    —Siento haberte despertado.
    —No lo has hecho, ya estaba despierta.
Él asintió lentamente, sin saber muy bien qué decir, hubiera preferido que ella estuviera dormida.
    —¿Cómo te encuentras?
    —¿Cómo crees que me encuentro, Ikonen?
    —Ya—murmuró despacio—. Siento lo de tus padres.
Valo desvió la mirada.
    —Yo también lo siento—respondió en bajo.
El silencio hizo acto de presencia pero fue interrumpido cuando Aleksi habló de nuevo.
    —¿Te duele la mano? —señaló su muñeca.
    —No, solo cuando la muevo.
De nuevo, el silencio invadió la habitación, pero no era un silencio incómodo, sino todo lo contrario.
    —Bueno —dijo él—, lo mejor será que me vaya.
    —Quédate —pidió Valo—, por favor, no quiero estar sola.
    —Pero…
    —Por favor —dijo poniendo su mano sana sobre la suya.
Aleksi asintió en silencio y observó cómo, poco a poco, Valo iba cerrando los ojos para sumirse en un tranquilo sueño, estuvo a punto de irse, pero prefirió quedarse a su lado, para que cuando ella se despertara, supiera que había estado a su lado todo el tiempo, sin haberla dejado sola.

viernes, 24 de febrero de 2012

Lumi


Una joven caminaba desesperada por el nevado bosque. Buscaba algo, más bien a alguien, a su compañera, a su amiga. Pero no había rastro de ella. Desde que se habían separado hacía ya dos días, no había vuelto a verla y eso la preocupaba cada vez más.
Había visto huellas suyas en la nieve y sangre también, pero nada más, y, la joven morena, se temía lo peor.
     ―¡Smaragdi! ―gritó deteniéndose en medio de la nada.
Lo único que recibió fue el graznido de un cuervo al que había asustado. Resopló enfadada e impotente y se sentó junto a un árbol, sus ojos se humedecieron y una lágrima rebelde cayó por su pálida mejilla. Miró al cielo, intentando serenarse; estaba despejado.
Sus instintos de supervivencia le decían que no estaba sola, y sus sentidos, más desarrollados de lo que era normal, también le advertían de que había gente cerca. Se levantó y se guió por su olfato, tal vez ellos sabrían dónde estaba Smaragdi.

Adam abrió los ojos y observó lo que había a su alrededor, entonces recordó que había dormido en el bosque, y se dio cuenta de que, milagrosamente, no había muerto a causa de las bajas temperaturas. Se incorporó y miró a Arvo y luego a su hermana y a la rata de Ikonen, también recordó lo que ocurrió antes de que se durmiera y le puso de mal humor. Le dio un codazo a Arvo y este gimió sin comprender muy bien la situación, abrió los ojos y se incorporó también.
    ―¿Qué pasa? ―dijo somnoliento.
Adam le miró enfadado y luego miró a Valo, el rubio entendió porqué Adam le había despertado de un codazo. Su hermano pequeño salió de su nido y se puso en pie.
    ―¿A dónde vas? ―Adam le miró con una sonrisa maligna en los labios pero no dijo nada―. No me gusta esa sonrisa tuya. ¿Qué vas a hacer?
    ―Bueno, tenemos que encontrar el camino a casa, ¿no? ―dijo con sorna―. Y no pretenderás dejar a esos dos aquí, solos, a su suerte.
Arvo estaba medio dormido como para entender lo que tenía su hermano en mente. ¿Cómo podía pensar que dejaría a su hermana en el bosque?
    ―Claro que no.
Adam amplió más la sonrisa.
    ―Por eso voy a despertarles —dijo como quien no quiere la cosa.
Arvo vio como su hermano hacía una gran bola de nieve, todavía no sabía muy bien para qué, el sueño le impedía pensar con claridad, pero entonces vio como la cogía y como se aproximaba lentamente hacia Valo y Aleksi, y sin decir más, la soltó sobre ellos. Los jóvenes soltaron un grito de sorpresa y se revolvieron en la nieve.
    ―¡Adam! ―gritó la chica roja de rabia― ¡¡Te voy a matar, maldito inútil!!
Adam estaba apoyado sobre las rodillas, riéndose a carcajada limpia mientras un par de lágrimas caían por su colorado rostro; Arvo suspiró y se levantó para sujetar a su hermana, que tenía intención de abalanzarse sobre el joven.
    ―¡¡Suéltame!! ―pero Arvo hizo caso omiso a sus palabras y la apretó más fuerte contra él― ¡He dicho que me sueltes, Arvo!
    ―Cálmate.
Ella se revolvió más y bufó furiosa.
    ―¿¡Cómo demonios quieres que me calme!? ―dijo indignada― ¿Acaso no ves lo que nos ha hecho?
    ―Sí.
    ―Entonces suéltame, para que le dé su merecido a ese idio…
Un crujido a su espalda hizo que Valo se callara. Los cuatro se giraron y se sorprendieron al ver lo que estaba delante de ellos.
Era una chica esbelta, de pelo negro y unos ojos de un color verde intenso. Tenía unas perfectas y delineadas cejas negras y sus labios sonrosados, se curvaban en una extraña mueca.
Llevaba puesto un sujetador de cuero negro, del que salía unos cinturones que se cruzaban en su abdomen y terminaban abrochándose en un pantalón corto de cuero negro. De su espalda caía una capa negra y calzaba unas botas del mismo color, que llegaban hasta la mitad de su muslo.
Del cinto, verde esmeralda, colgaba una daga de plata, y, de su espalda, sobresalía un bastón de madera oscura, ataviado con adornos de plata y en el que se podían apreciar unas runas grabadas.
La joven les miraba.
    ―¿Y tú quién eres? ―dijo Valo, ya en el suelo.
La morena dirigió su mirada hacia la joven rubia que estaba pegada a su hermano, pero no dijo nada. Su silencio empezó a impacientar a los chicos, que cada vez estaban más nerviosos.
    ―¿No sabes hablar o qué? ―dijo Aleksi, despectivamente.
Entonces dirigió su mirada verde a él, y frunció el ceño.
    ―Me llamo Lumi ―respondió tranquila―, vengo del norte, de Metsänellver.
Arvo la miró fijamente y luego miró su bastón.
    ―¿Por qué has venido desde tan lejos? ―dijo al fin―. Los tuyos no suelen salir de sus poblados.
Lumi le miró a los ojos azules.
    ―Arrasaron mi pueblo y solo yo sobreviví ―un largo silencio se hizo presente, parecía que el viento había dejado de soplar ante la confesión de la chica.
    —Pero… Es prácticamente imposible sobrepasar vuestras defensas —dijo Arvo mirándola fijamente.
La morena se encogió de hombros.
    —El rey cree que mi raza es una amenaza para él, a pesar de que llevamos en estas tierras mucho más tiempo que los humanos ―miró al cielo y apretó los puños con fuerza, hasta que sus nudillos adoptaron un tono blanquecino―. Nunca hemos hecho nada malo. Y sin embargo fuimos perseguidos y torturados, hasta que nos escondimos en las montañas y el bosque.
Su voz sonaba amarga y el rostro de Valo se había descompuesto al oír sus palabras.
    ―¿Has venido aquí para vengarte de los humanos?
Miró a Adam.
    ―No ―dijo.
    ―¿Entonces? ―intervino Aleksi.
    ―Una raza entera no debe pagar por los errores de su líder ―apretó la daga que llevaba en el cinto―. He venido en busca de ayuda ―fijó sus ojos en Arvo―. Cien han sido los años que ese tirano ha gobernado sobre Maalohikäärme, cien años de sufrimiento para todos, porque a él sus súbditos no le importan —su voz tenía un matiz de odio y desprecio—, está corrompido por el poder y por la magia negra.
     ―¿Estás insinuando que vas a formar un ejército para acabar con el rey? ―la voz de Adam sonó más aguda de lo que le hubiera gustado, pero es que su sorpresa era mucha.
Lumi asintió.
    ―¡No puedes hacer eso! ―gritó el castaño― ¡Nadie te seguirá!
    ―¡Sí lo harán! ―espetó, indignada y furiosa― ¡Mucha gente ha perecido bajo el poder de ese tirano! ¡Los dragones cayeron bajo su poder! ¡Él acabó con ellos, como con muchos magos y muchos hombres que se opusieron a su mandato!
Arvo la miraba, entendía perfectamente lo que estaba diciendo y había oído en la taberna del pueblo como los hombres del rey arrasaban pueblos enteros por haber expuesto sus ideales. También detestaba los altos impuestos que había, cada vez más elevados, que hacía que las familias más humildes tuvieran problemas para sobrevivir, como era su caso. Pero hacer un ejército contra él era una idea de lo más absurda, les aplastaría como a un gusano.
    ―La gente es muy cobarde. No creo que sean mucho los que te sigan.
    ―Te equivocas, al sur hay una banda de rebeldes, que planean derrocar al rey.
Adam rió irónicamente.
    ―Será mejor que no lo intenten, tiene un enorme ejército y el poder de la magia.
Lumi resopló, ese niñato insolente le estaba tocando la moral.
    ―¡Yo también soy maga! ―y enfadada, levantó la mano derecha, de la cual surgía una luz blanquecina y cegadora― ¡Y a diferencia de tu querido rey, lo mío es de nacimiento, no por haber hecho un maldito pacto con los espíritus!
Valo giró la cabeza, se soltó a Arvo y se alejó de ellos lentamente, bajo la atenta mirada de Aleksi. Se agachó y achinó los ojos, intentando identificar algo en la lejanía.
    ―¿Qué es eso? ―murmuró confundida.
Lumi miró hacia donde estaba fija la mirada de la chica rubia y se quedó congelada al ver lo que se acercaba rápidamente. Un animal enorme se aproximaba a ellos, su búsqueda de dos días había concluido.
    ―¡Smaragdi! ―Lumi se encontraba al lado de Valo, sonriendo a aquello que se acercaba velozmente.
La rubia se apartó instintivamente cuando un enorme gato negro del tamaño de un caballo joven se encontraba a un par de metros de ella. Lumi corrió hacia el animal y se tiró a su cuello, gritando cosas en un idioma desconocido, mientras que el gato se enrollaba en el cuerpo de ella.
    ―Eso lo que vimos ayer, Arvo —susurró Adam.
El joven asintió en silencio mientras presenciaba la escena. La morena se incorporó y se acercó a ellos de nuevo, seguida por el gato que les observaba con sus enormes ojos verdes, idénticos a los de la maga.
    ―Ella es Smaragdi, un kissasuuri. Dice que estáis perdidos, os ha estado observando y protegiendo de… De algo. Será mejor que os llevemos de vuelta a vuestro pueblo —miró a su alrededor con sus enormes ojos verdes—, no es seguro estar aquí.
    ―¿Cómo te lo ha dicho? ―dijo irónico Aleksi― ¿Hablando?
Lumi bufó irritada.
    ―El día que un mago y un kissasuuri nacen a la vez, estos se unen instantáneamente por un fuerte vínculo indestructible. En mi aldea, solo fuimos cuatro los afortunados —Lumi se calló al ver sus rostros desconcertados—, es decir, que estos animales, son compañeros nuestros, capaces de comunicarse con cualquier ser vivo mentalmente. Además, son más inteligentes que los humanos y pueden utilizar la magia.
    ―Claro. Y supongo que también hablarás con las plantas, ¿no? ―soltó de golpe Adam.
Aleksi, para el asombro de todos, empezó a reírse escandalosamente; se estaba riendo de algo que había dicho Adam Hawke, el pobre de Hawke. Se calló en cuanto se dio cuenta de su error y miró al animal, con un semblante serio.
    ―Os llevaremos de vuelta —la joven maga fulminó con la mirada a Adam y echó a andar.
La kissasuuri iba delante y a su lado su compañera humana, seguidas de Arvo, Adam, Aleksi y Valo con Nougat.
Los chicos caminaban con paso ligero, todos estaba deseosos de llegar a casa, pero Valo no estaba tan emocionada como ellos, estaba terriblemente triste y todavía no entendía el motivo.
    ―¿En qué piensas?
    ―En nada.
    ―Ya ―dijo Aleksi―. En nada.
Valo le miró enfadada.
    ―Quería decir: en nada que te importe.
Aleksi resopló furioso, pero no dijo nada más y siguió caminando hacia delante, un par de pasos, ya que Smaragdi se paró en seco, tenía el pelo del lomo erizado y mostraba los dientes de forma amenazante.
    —¿Qué pasa? —dijo Lumi cogiendo el largo bastón que llevaba en la espalda, Smaragdi no se movió ni un milímetro, lo único que hizo fue girar su oreja izquierda hacia la joven maga.
    Huelo algo —una voz profunda resonó en las mentes de los jóvenes, haciéndoles estremecer—. No sé qué es, Lumi, pero no me gusta.
La morena asintió.
    Será mejor que estemos alerta, esta tranquilidad me inquieta —la kissasuuri giró la cabeza y posó sus enormes ojos verdes sobre Valo—. No te despistes, jovencita, tu caballo podría llamar la atención y no me gustaría tener que mancharme de sangre.
La rubia aferró con fuerza la correa que sujetaba a Nougat y asintió lentamente.
    Bien, pues en marcha, no debemos estar muy lejos de vuestra casa.
Smaragdi continuó caminando, observando atentamente todo lo que se le cruzaba, manteniéndose alerta en todo momento.
Por fin empezaron a divisar el humo que salía de las casas de Sanum, por fin llegarían a su hogar.

martes, 21 de febrero de 2012

Perdidos




Arvo soltó una maldición cuando vio que la puerta de la cuadra estaba abierta, dentro solo estaban su vieja yegua baya, la vaca y tres gallinas. Suspiró, cansado y enfadado a partes iguales. ¿Es que no le iba a salir nada bien?
Cogió un cubo y lo llenó de avena; rellenó un comedero, volvió a repetir la acción otra vez y luego cogió un puñado de pienso y lo esparció por el suelo, al poco tiempo, las gallinas le estaban rodeando. No le gustaba hacer aquello, normalmente era Valo la que se ocupaba de alimentar a los animales, pero ese día su hermana no estaba muy bien moralmente y él sabía que era por lo que le había dicho Adam la noche anterior. Suspiró de nuevo, recordándolo, arrepintiéndose de no haber entrado a hablar con ella.
Miró a la yegua, un animal viejo y famélico, pero leal, el más noble de todos los caballos que había tenido. Sonrió tristemente pensando que no debía quedarle mucho, luego suspiró otra vez.
    —Arvo.
Se giró lentamente hacia la voz que le había llamado. Delante de él estaba Laila Alho, sonriendo tímidamente y sujetando una correa.
    —Hola, Laila.
    —He encontrado a tu caballo correteando por el pueblo, supongo que lo estarías buscando.
Arvo miró detrás de la joven pelirroja y asintió en silencio, observando al caballo blanco que sujetaba con fuerza. Laila se puso tensa cuando él estiró la mano para coger la cuerda que sostenía fuertemente, ruborizándose cuando sus manos se rozaron.
    —Gracias ―dijo sonriendo ampliamente―, no sabes lo mucho que te agradezco que lo trajeras hasta aquí.
    —De nada, cualquiera habría hecho lo mismo.
Él sonrió irónicamente.
    —No creo, últimamente queda muy poca gente buena.
Ella le miró fijamente.
    —¿Lo dices por Aleksi Ikonen? ―Arvo la miró como si no entendiera―. Vi ayer como le pegaba tu hermano ―guardó silencio unos instantes antes de continuar―, ¿crees que si lo hubiera encontrado él, no te lo hubiera devuelto?
    —Ikonen tiene dinero suficiente como para quedarse con un caballo como este. Supongo que no se lo quedaría, pero tampoco me lo devolvería como tú has hecho, Laila.
    —Supongo que tienes razón ―sonrió―, me alegro de haberte visto, Arvo.
Laila le sonrió levemente y él asintió con una mueca en los labios que se alejaba de parecer una sonrisa, ella se giró, alejándose lentamente, como si le pesaran los pies.
Arvo observó como la joven se perdía entre las casas y luego metió al caballo en la cuadra, había recuperado al equino, pero todavía le faltaban cuatro gallinas; y maldiciendo por lo bajo, salió en su busca.
Adam se adentró en el bosque, con su vieja espada como única compañía. Estaba furioso y necesitaba descargar su ira sobre algo, o más bien, sobre alguien. Hacía más frío que el día anterior y eso le enfurecía más. Su mano derecha –con la que había pegado a Aleksi–  estaba peor que ayer por la noche y maldijo a ese condenado por haberle incitado a pegarle, si no hubiera aparecido, nada de esto hubiera ocurrido, ni habría tratado mal a su hermana, ni necesitaría romper cosas para sentirse mejor. Sacó su espada del cinto de cuero gastado que llevaba, y, levantándola sobre su cabeza,  le dio una fuerte estocada al aire, clavándola sobre un árbol cercano. Tiró de la empuñadura hasta que la hoja salió de la corteza y repitió el movimiento unas cuantas veces, hasta que su mano le dio un fuerte pinchazo, provocando que soltara un grito desgarrador y que su espada cayera al suelo. Cayó de rodillas sobre la nieve y gritó, de impotencia.
Se quedó en el suelo durante unos largos minutos, hasta que se dio cuenta de que todo estaba tranquilo, extremadamente tranquilo, se puso rígido.  No estaba solo.

Valo caminaba lentamente por la nieve, tenía los ojos rojos e hinchados y por sus mejillas resbalaban tímidas lágrimas. Las palabras de Adam le habían hecho daño, mucho daño. ¿Por qué lo había pagado con ella? No había hecho nada malo, solo impedir que su hermano hiciera algo de lo que se arrepentiría después, y lo único que había recibido a cambio habían sido unas palabras hirientes.
Estaba cansada, no había dormido casi nada y sentía como la cabeza le iba a estallar, por eso decidió ir al bosque con Nougat.
Se sentó en una piedra que estaba húmeda, llena de musgo y de líquenes y de alguna otra cosa que no identificó; el caballo estaba a su lado, dándole suaves golpecitos en la espalda con el morro, Valo agradeció en silencio la compañía que le brindaba el animal blanco y comenzó a llorar de nuevo, sin saber muy bien porqué.
Se levantó y se dirigió a un árbol con el tronco grueso, apartó la nieve con los pies y se sentó de nuevo, abrazándose las piernas con las manos. Nougat la miraba fijamente, estático y con las orejas tiesas, escuchando los lastimeros sollozos que emitía Valo. Pisoteó el suelo con una pata y relinchó, intentando llamar la atención de la rubia, pero esta ni se inmutó, estaba inmersa en sus pensamientos, tanto, que no se dio cuenta de que no estaba sola.

Arvo se había metido en el bosque siguiendo unas huellas que había dejado un caballo. Tras haber encontrado a las gallinas que se habían escapado, había decidido que hablaría con Valo sobre lo que ocurrió el día anterior, pero no estaba en casa y Nougat tampoco estaba en la cuadra. Sabía que su hermana había cogido al caballo blanco porque Adam normalmente montaba a la yegua baya.
Cuanto más se adentraba en el bosque, más desesperado estaba por encontrar a su hermana, así que sin darse cuenta, se puso a correr, mirando a su alrededor, sin fijarse en el suelo que pisaba. Una piedra le hizo tropezar y Arvo cayó al suelo como un peso muerto, ahogó un grito de horror al ver una enorme mancha roja delante suya, de forma desesperada, intentó incorporarse y retroceder, pero un grito le dejó paralizado, un grito muy familiar.

Adam estaba apoyado contra el árbol en el que había descargado su furia, inmóvil, sin respirar casi, y aunque no lo reconociera nunca, estaba muy asustado…  
Su espada estaba tirada en el suelo, a un metro y medio de él y se maldijo por no haberla cogido a tiempo. Se le pasó por la mente lanzarse a por ella, pero el pánico le impedía hacer algún movimiento, por leve que fuera; unos enormes ojos verdes le observaban, intentando ver a través de él, se estremeció, cuando la enorme criatura movió una oreja.
Tenía la forma de un gato, pero mucho más grande, su pelaje era largo y negro, salvo en una pata trasera, que tenía un calcetín blanco; sus ojos eran grandes y de un color verde intenso, sus orejas eran puntiagudas y la cola era muy peluda, pareciendo una enorme bufanda. Le miraba de forma curiosa, no había maldad en su mirada, pero Adam estaba demasiado asustado como para darse cuenta de que era inofensivo, por eso soltó un grito inhumano cuando el gato se sentó y bostezó, enseñando una hilera de blanquísimos y enormes dientes.

Valo levantó la mirada cuando oyó un sonoro suspiro, tenía los ojos hinchados y parecían una cascada.
    —¿Por qué lloras?
    —A ti qué te importa ―respondió secamente, con la voz temblorosa.
Él se encogió de hombros.
    —Es la segunda vez que te veo llorando en el bosque ―sonrió cínicamente―. ¿Te has vuelto a asustar de tu sombra, Hawke? ―dijo con sorna.
Valo comenzó a sollozar de nuevo y enterró la cara en sus rodillas.
    —Déjame, Ikonen. No estoy de humor para aguantar tus estupideces de niñato malcriado.
    —No te he seguido para que me ignores, Hawke.
Ella levantó la cabeza de nuevo.
    —¿Y para qué me sigues, Ikonen? ―sorbió por la nariz―. Mejor dicho: ¿por qué me sigues?
Aleksi hizo una mueca de asco.
    —No hagas eso, es asqueroso.
Valo resopló, hundida y triste.
    —Si tanto asco te doy, vete, no quiero verte, ni a ti ni a nadie.
El chico se frotó la nariz, la tenía hinchada, amoratada y le dolía mucho, y, mientras se la frotaba con la mano, recordó como ella, la chica que tenía delante, encogida y triste, se puso delante para defenderle de aquel idiota, de su hermano.
    —Vamos Hawke, no estés a la defensiva ―dijo con voz cansada―, no he venido para discutir contigo ―hizo una pausa―. Además, no me das asco.
La voz de Aleksi había sido un leve murmullo, como si le hubiera costado sudor y lágrimas haber dicho aquello. Valo levantó la cabeza de nuevo y le miró, sorprendida.
    —¿En serio?
Aleksi la miró fijamente y asintiendo se sentó a su lado.
    —¿Por qué lloras?
    —Por nada.
Él apretó los puños y la miró duramente.
    —Hawke, no te hagas la tonta conmigo, la gente no llora por nada ―dijo y ella pudo notar que estaba ¿Ofendido?
Ella le miró, con una expresión que Aleksi no pudo identificar. Valo abrió la boca un par de veces, meditando lo que le iba a responder.
    —¿Por qué me besaste?

Arvo corría todo lo rápido que podía en dirección al grito, la grave voz de su hermano pequeño era inconfundible.
Cuando por fin dio con él, se quedó estático cuando vio lo que había a su lado restregándose en la nieve.
    —¡Arvo! ―susurró de forma desesperada Adam cuando vio esa inconfundible cabellera rubia.
El animal se giró y le miró mientras que el rubio retrocedía unos pasos instintivamente.
    —¿Q… Qué es e… Eso? ―su voz sonó más aguda de lo que le hubiera gustado, pero estaba demasiado aturdido y asustado como para haber hablado de forma natural.
    —No lo sé.
Arvo observó detenidamente a su hermano y luego al animal enorme que jugaba despreocupadamente con la nieve, ajeno a los dos chicos.
    —¿Te ha hecho algo?
Adam negó.
    —Adam ―el castaño le miró, la preocupación y el miedo centelleaban en sus ojos grises―, ven.
    —¿Cómo quieres que vaya si tengo a un bicho enorme a medio metro de mí? ―espetó, furioso e irritado.
Arvo observó al animal, era casi tan grande como su yegua y eso le preocupó, si no pensaba algo rápido, su hermano podría morir en manos de ese… lo que fuera.
Entonces vio una piedra que estaba al lado de su pie, no era lo suficientemente grande como para aturdir al animal, pero era perfecta para distraerle.
    ―Adam ―dijo suavemente el rubio, captando la atención de su hermano pequeño―, tengo una idea.
    —¿Sí? ¡Pues date prisa en llevarla a cabo! ¡No sé cuánto tiempo estará sin prestarme atención!
Arvo le miró duramente y Adam se calló.
    —Voy a tirarle una piedra para…
Adam rió irónicamente y miró a su hermano con rabia.
    —¿Crees que una estúpida piedra le hará algo?
El rubio apretó los puños y se agachó lentamente a coger la piedra.
    —¡Calla y escúchame! Voy a tirarla para que vaya detrás de ella, mientras él se distrae persiguiéndola, tú coges tu espada y nos vamos corriendo. ¿Entendido?
    —Bien.
Arvo tomó aire lentamente, con los ojos cerrados. Lo hizo un par de veces más y luego miró a su hermano.
    —¿Listo?
El chico asintió en silencio. Arvo tragó saliva y echó un pie para atrás, para lanzar la piedra más lejos, tomó aire y no lo soltó hasta que vio como la piedra se alejaba por entre los árboles. El gato negro la siguió con la mirada, y, como si lo hubiera estado esperado, salió tras ella a una velocidad vertiginosa.
    —¡Ahora Adam!
El castaño se había quedado rígido, viendo a la velocidad con la que corría el animal tras la piedra, reaccionó cuando escuchó la voz de su hermano y saltó sobre  su espada. Arvo ya se estaba alejando entre los árboles y él le siguió.
Corrían sin rumbo, no sabía dónde estaban y tampoco sabían volver. Estaban perdidos en el bosque.

Tocado y hundido.
La pregunta de la joven le había pillado por banda, no sabía qué decirle, porque ni siquiera él mismo lo sabía. Valo le miraba interrogativamente, esperando una respuesta por su parte, pero este se limitó a mirar al frente.
    ―Eso no es de tu incumbencia ―dijo arrastrando las palabras.
Ella le miraba furiosa. ¿Cómo se atrevía a decirle eso?
    ―¿Cómo que no es de mi incumbencia?
Aleksi se levantó, enfadado, irritado y muy confuso, dispuesto a irse por donde había venido.
    ―¡Ikonen! ―se puso en pie y empezó a seguirle― ¿A dónde vas? ―Él aumentó el ritmo y ella le cogió del brazo, haciéndole frenar.
    ―¡A ti qué te importa, Hawke! ―le gritó furioso― ¿Por qué no le haces un favor al mundo y te tiras en la nieve? A ver si con un poco de suerte te congelas.
Ella estiró la mano y la estrelló contra su pálida piel, enfadada y ofendida.
    ―¡Eres un idiota, Ikonen!
Él tenía la cara cruzada y se la acariciaba con una mano, notó como la sangre caía por su nariz. Le había hecho daño, no solo físicamente, eso era lo de menos, pero su orgullo estaba gravemente herido. Giró la cara lentamente hacia ella, rabioso; Valo le miraba con superioridad y prepotencia, como él solía mirarla a ella y a sus hermanos.
Se quedaron mirando unos instantes, hasta que el sonido de unas pisadas aproximándose a ellos les sacó de su trance. La chica se sorprendió al ver a sus dos hermanos corriendo, agitados y nerviosos, estaban tan concentrados en su carrera que no se percataron de que dos rubios y un caballo les observaban.
Nougat relinchó cuando les vio correr y ellos se pararon en seco, sin comprender nada. Adam reconoció al caballo y se acercó a él, Arvo le siguió.
    ―Adam.
El castaño desvió la mirada hasta su hermana y su sangre empezó a arder cuando vio que estaba con Aleksi Ikonen.
    ―¿¡Qué haces aquí!? ―gritó, recuperando el aliento―. ¿¡Qué haces aquí con ese!?
Arvo apareció detrás y con una mano le tocó en el hombre, intentando calmarle.
    ―¿Y vosotros qué hacéis aquí?
    ―Estamos perdidos ―la voz de su hermano mayor sonaba entrecortada y respiraba agitadamente.
Valo se puso pálida, ella se había internado en el bosque, demasiado decaída como para fijarse en el lugar al que se dirigía; miró de forma desesperada a Aleksi, esperanzada de que él sí que supiera volver.
    ―Está anocheciendo ―dijo solemne el rubio de ojos verdes―. Lo mejor sería pasar aquí la noche y ya mañana buscar el camino de vuelta.
Adam estaba apoyado en el caballo, con los puños apretados.
    ―¡Eso es una estupidez! ¡Pensaba que eras más espabilado, Ikonen!
    ―¡Cállate, Hawke! ¡Ayer me cogiste desprevenido, pero hoy estás en peores condiciones que yo!
El castaño rió irónicamente y se apartó del caballo y de Arvo, para situarse frente a Aleksi, y, con brusquedad sacó la espada de su cinto, apuntándole al cuello, Aleksi retrocedió un par de pasos y Valo se aferró a su brazo, asustada.
    ―¡Ya basta, Adam! ―los tres miraron a Arvo― En vez de hacerte el gallito, podrías emplear tu tiempo en hacer algo más constructivo, como encontrar un sitio en el que dormir.
Los tres le miraban atónitos, sobretodo Adam, que no podía creerse lo que acababa de escuchar.
A regañadientes se guardó la espada, y, como un niño enfurruñado, se alejó de ellos.
    ―¿A dónde vas?
Él maldijo en voz alta y se giró de mala gana.
    ―A hacer algo constructivo.
Y dicho aquello, se giró de nuevo.
Arvo se percató de cómo su hermana sujetaba el brazo de Aleksi y cuando ellos se dieron cuenta de hacia dónde iba dirigida la mirada del rubio, se separaron disimuladamente.
    ―Ahora que Adam no está, podemos hablar de forma pacífica. ¿Qué estáis haciendo aquí?
La chica se estremeció cuando vio cómo les miraba su hermano, que no lo hacía de forma muy inocente.
    ―Yo… ―comenzó Valo―, bueno, yo vine para despejar la mente, después de lo que pasó ayer he estado, bueno, ya sabes…
    ―No deberías haber venido sola, hermana ―ella asintió, apenada―. ¿Y tú? ¿Qué estabas haciendo aquí con ella, Aleksi?
Aleksi se puso nervioso y se limpió la sangre que le caía de la nariz con la manga de su abrigo, manchándola. Hawke le había llamado por su nombre y no por su apellido, como solían hacer sus hermanos pequeños. Normalmente Arvo hacía caso omiso a sus insultos y burlas y tranquilizaba a sus hermanos –sobre todo a Adam– cuando hacía un comentario demasiado ofensivo y tenían intención de tirarse sobre él para arrancarle la cabeza. Por eso solía respetarle, porque Arvo también le respetaba a él.
    ―La he seguido ―su confesión hizo que Valo agachara la cabeza incómoda y que Arvo se pusiera un poco tenso, eso no se lo esperaba y tampoco le gustaba mucho la idea, pero no dijo nada. La tensión que había en el ambiente se podría haber cortado con una espada, Valo y Aleksi estaban demasiado cerca y Arvo les observaba mientras acariciaba distraídamente el cuello de Nougat.
    ―¡He encontrado algo!
La voz de Adam irrumpió en el incómodo silencio que se había formado, sin darse cuenta, el cielo se había oscurecido casi por completo y el frío era más intenso. Valo reaccionó la primera, se acercó al caballo y empezó a guiarle hasta donde estaba Adam, escapando de las penetrantes miradas que había a su espalda.
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Los cuatro muchachos estaban sentados en círculo, Adam y Arvo estaban a cada lado de Valo, dándole calor mientras que Aleksi estaba recostado contra un árbol y tapado con una de las mantas que llevaba Valo en las alforjas de Nougat. No habían podido hacer fuego y cuanto más avanzaba la noche, más pesaba el frío sobre ellos. Iba a ser una noche larga y cruel.
Los sonrosados labios de Valo, presentaban un preocupante color azulado que no pasó desapercibido por sus hermanos, que cada vez la abrazaban más fuerte.
    ―¿Tienes frío?
Aleksi miró a la muchacha con ironía y un matiz de irritación, Adam le miró a él con enfado y desdén.
    ―¿Tú qué crees, Hawke?
Aunque le había hablado con desprecio, ella sintió compasión por él. Estaba tapado con su abrigo y con una manta vieja que llevaba Valo en la silla de su caballo, mientras que ella y sus tres hermanos estaban juntos, cubiertos por otra manta más gruesa y por sus tres abrigos; sin pensárselo dos veces, se deshizo de los brazos de sus hermanos, y, bajo la atenta mirada de los tres, se acercó a Aleksi y se puso a su lado, cubriéndole con su abrigo y brindándole su calor corporal.
    ―¡Qué haces, Valo! ―la furiosa voz de Adam sonaba temblorosa, estaba tiritando de frío.
Ella le miró desafiante.
    ―¿A ti qué te parece?
Adam miró a Arvo, buscando en sus ojos azules, el apoyo que necesitaba para reprocharle a su hermana pequeña la decisión que acababa de tomar, pero Arvo no dijo ni hizo nada, en vez de eso, miró hacia la oscuridad, posando los ojos donde estaba el caballo blanco atado; conocía a su hermana demasiado bien, no les haría caso y prefería no empezar una nueva discusión con ellos dos, no estando tan cansado.
    ―¡Bien! ―escupió Adam con amargura― ¡Ponte de su parte! ―dijo agarrando con fuerza la ropa que le cubría―. Maldito Ikonen y malditos todos ―murmuró enfadado, y, dicho aquello, se tumbó, pegado a su hermano y haciéndose un nido improvisado para mantener el calor.
Arvo suspiró y se tumbó a su lado, murmurando un buenas noches que no recibió respuesta de nadie, Adam no lo escuchó –más bien, no quiso escucharlo–, Valo estaba concentrada en no perder el calor y Aleksi estaba demasiado aturdido como para escuchar al rubio. La joven se tumbó, aferrándose fuertemente a Aleksi y destapándose ligeramente al moverse, el frío la azotó violentamente, haciéndola estremecer, y para sorpresa de ambos, Aleksi se tumbó a su lado y la abrazó con fuerza con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo subía la manta para cubrirles.
    ―Buenas noches, Ikonen.
    ―Buenas noches, Hawke.
Y dicho aquello, ambos cerraron los ojos, dispuestos a dormir, sin saber que eran observados.