Una joven caminaba desesperada por el nevado
bosque. Buscaba algo, más bien a alguien, a su compañera, a su
amiga. Pero no había rastro de ella. Desde que se habían separado hacía ya dos
días, no había vuelto a verla y eso la preocupaba cada vez más.
Había visto huellas suyas en la nieve y sangre
también, pero nada más, y, la joven morena, se temía lo peor.
―¡Smaragdi! ―gritó
deteniéndose en medio de la nada.
Lo único que recibió fue el graznido de un cuervo
al que había asustado. Resopló enfadada e impotente y se sentó junto a un
árbol, sus ojos se humedecieron y una lágrima rebelde cayó por su pálida
mejilla. Miró al cielo, intentando serenarse; estaba despejado.
Sus instintos de supervivencia le decían que no
estaba sola, y sus sentidos, más desarrollados de lo que era normal, también le
advertían de que había gente cerca. Se levantó y se guió por su olfato, tal vez
ellos sabrían dónde estaba Smaragdi.
Adam abrió los ojos y observó lo que había a su
alrededor, entonces recordó que había dormido en el bosque, y se dio cuenta de
que, milagrosamente, no había muerto a causa de las bajas temperaturas. Se
incorporó y miró a Arvo y luego a su hermana y a la rata de Ikonen, también
recordó lo que ocurrió antes de que se durmiera y le puso de mal humor. Le dio
un codazo a Arvo y este gimió sin comprender muy bien la situación, abrió los
ojos y se incorporó también.
―¿Qué pasa? ―dijo
somnoliento.
Adam le miró enfadado y luego miró a Valo, el
rubio entendió porqué Adam le había despertado de un codazo. Su hermano pequeño
salió de su nido y se puso en pie.
―¿A dónde vas? ―Adam le
miró con una sonrisa maligna en los labios pero no dijo nada―. No me gusta esa
sonrisa tuya. ¿Qué vas a hacer?
―Bueno, tenemos que
encontrar el camino a casa, ¿no? ―dijo con sorna―. Y no pretenderás dejar a
esos dos aquí, solos, a su suerte.
Arvo estaba medio dormido como para entender lo
que tenía su hermano en mente. ¿Cómo podía pensar que dejaría a su hermana en
el bosque?
―Claro que no.
Adam amplió más la sonrisa.
―Por eso voy a
despertarles —dijo como quien no quiere la cosa.
Arvo vio como su hermano hacía una gran bola de
nieve, todavía no sabía muy bien para qué, el sueño le impedía pensar con
claridad, pero entonces vio como la cogía y como se aproximaba lentamente hacia
Valo y Aleksi, y sin decir más, la soltó sobre ellos. Los jóvenes soltaron un
grito de sorpresa y se revolvieron en la nieve.
―¡Adam! ―gritó la chica
roja de rabia― ¡¡Te voy a matar, maldito inútil!!
Adam estaba apoyado sobre las rodillas, riéndose
a carcajada limpia mientras un par de lágrimas caían por su colorado rostro; Arvo
suspiró y se levantó para sujetar a su hermana, que tenía intención de
abalanzarse sobre el joven.
―¡¡Suéltame!! ―pero Arvo
hizo caso omiso a sus palabras y la apretó más fuerte contra él― ¡He dicho que
me sueltes, Arvo!
―Cálmate.
Ella se revolvió más y bufó furiosa.
―¿¡Cómo demonios quieres
que me calme!? ―dijo indignada― ¿Acaso no ves lo que nos ha hecho?
―Sí.
―Entonces suéltame, para
que le dé su merecido a ese idio…
Un crujido a su espalda hizo que Valo se callara.
Los cuatro se giraron y se sorprendieron al ver lo que estaba delante de ellos.
Era una chica esbelta, de pelo negro y unos ojos
de un color verde intenso. Tenía unas perfectas y delineadas cejas negras y sus
labios sonrosados, se curvaban en una extraña mueca.
Llevaba puesto un sujetador de cuero negro, del
que salía unos cinturones que se cruzaban en su abdomen y terminaban
abrochándose en un pantalón corto de cuero negro. De su espalda caía una capa
negra y calzaba unas botas del mismo color, que llegaban hasta la mitad de su
muslo.
Del cinto, verde esmeralda, colgaba una daga de
plata, y, de su espalda, sobresalía un bastón de madera oscura, ataviado con
adornos de plata y en el que se podían apreciar unas runas grabadas.
La joven les miraba.
―¿Y tú quién eres? ―dijo
Valo, ya en el suelo.
La morena dirigió su mirada hacia la joven rubia
que estaba pegada a su hermano, pero no dijo nada. Su silencio empezó a
impacientar a los chicos, que cada vez estaban más nerviosos.
―¿No sabes hablar o qué?
―dijo Aleksi, despectivamente.
Entonces dirigió su mirada verde a él, y frunció
el ceño.
―Me llamo Lumi ―respondió
tranquila―, vengo del norte, de Metsänellver.
Arvo la miró fijamente y luego miró su bastón.
―¿Por qué has venido
desde tan lejos? ―dijo al fin―. Los tuyos no suelen salir de sus poblados.
Lumi le miró a los ojos azules.
―Arrasaron mi pueblo y
solo yo sobreviví ―un largo silencio se hizo presente, parecía que el viento
había dejado de soplar ante la confesión de la chica.
—Pero… Es prácticamente imposible
sobrepasar vuestras defensas —dijo Arvo mirándola fijamente.
La morena se encogió de hombros.
—El rey cree que mi raza
es una amenaza para él, a pesar de que llevamos en estas tierras mucho más
tiempo que los humanos ―miró al cielo y apretó los puños con fuerza, hasta que
sus nudillos adoptaron un tono blanquecino―. Nunca hemos hecho nada malo. Y sin
embargo fuimos perseguidos y torturados, hasta que nos escondimos en las
montañas y el bosque.
Su voz sonaba amarga y el rostro de Valo se había
descompuesto al oír sus palabras.
―¿Has venido aquí para
vengarte de los humanos?
Miró a Adam.
―No ―dijo.
―¿Entonces? ―intervino
Aleksi.
―Una raza entera no debe
pagar por los errores de su líder ―apretó la daga que llevaba en el cinto―. He
venido en busca de ayuda ―fijó sus ojos en Arvo―. Cien han sido los años que
ese tirano ha gobernado sobre Maalohikäärme, cien años de sufrimiento para
todos, porque a él sus súbditos no le importan —su voz tenía un matiz de odio y
desprecio—, está corrompido por el poder y por la magia negra.
―¿Estás insinuando
que vas a formar un ejército para acabar con el rey? ―la voz de Adam sonó más
aguda de lo que le hubiera gustado, pero es que su sorpresa era mucha.
Lumi asintió.
―¡No puedes hacer eso!
―gritó el castaño― ¡Nadie te seguirá!
―¡Sí lo harán! ―espetó,
indignada y furiosa― ¡Mucha gente ha perecido bajo el poder de ese tirano! ¡Los
dragones cayeron bajo su poder! ¡Él acabó con ellos, como con muchos magos y
muchos hombres que se opusieron a su mandato!
Arvo la miraba, entendía perfectamente lo que
estaba diciendo y había oído en la taberna del pueblo como los hombres del rey
arrasaban pueblos enteros por haber expuesto sus ideales. También detestaba los
altos impuestos que había, cada vez más elevados, que hacía que las familias
más humildes tuvieran problemas para sobrevivir, como era su caso. Pero hacer
un ejército contra él era una idea de lo más absurda, les aplastaría como a un
gusano.
―La gente es muy cobarde.
No creo que sean mucho los que te sigan.
―Te equivocas, al sur hay
una banda de rebeldes, que planean derrocar al rey.
Adam rió irónicamente.
―Será mejor que no lo
intenten, tiene un enorme ejército y el poder de la magia.
Lumi resopló, ese niñato insolente le estaba
tocando la moral.
―¡Yo también soy maga! ―y
enfadada, levantó la mano derecha, de la cual surgía una luz blanquecina y
cegadora― ¡Y a diferencia de tu querido rey, lo mío es de nacimiento, no por
haber hecho un maldito pacto con los espíritus!
Valo giró la cabeza, se soltó a Arvo y se alejó
de ellos lentamente, bajo la atenta mirada de Aleksi. Se agachó y achinó los
ojos, intentando identificar algo en la lejanía.
―¿Qué es eso? ―murmuró
confundida.
Lumi miró hacia donde estaba fija la mirada de la
chica rubia y se quedó congelada al ver lo que se acercaba rápidamente. Un
animal enorme se aproximaba a ellos, su búsqueda de dos días había concluido.
―¡Smaragdi! ―Lumi se
encontraba al lado de Valo, sonriendo a aquello que se acercaba velozmente.
La rubia se apartó instintivamente cuando un
enorme gato negro del tamaño de un caballo joven se encontraba a un par de metros
de ella. Lumi corrió hacia el animal y se tiró a su cuello, gritando cosas en
un idioma desconocido, mientras que el gato se enrollaba en el
cuerpo de ella.
―Eso lo que vimos ayer,
Arvo —susurró Adam.
El joven asintió en silencio mientras presenciaba
la escena. La morena se incorporó y se acercó a ellos de nuevo, seguida por
el gato que les observaba con sus enormes ojos verdes,
idénticos a los de la maga.
―Ella es Smaragdi,
un kissasuuri. Dice que estáis perdidos, os ha estado
observando y protegiendo de… De algo. Será mejor que os llevemos de vuelta a
vuestro pueblo —miró a su alrededor con sus enormes ojos verdes—, no es seguro
estar aquí.
―¿Cómo te lo ha dicho?
―dijo irónico Aleksi― ¿Hablando?
Lumi bufó irritada.
―El día que un mago y
un kissasuuri nacen a la vez, estos se unen instantáneamente
por un fuerte vínculo indestructible. En mi aldea, solo fuimos cuatro los
afortunados —Lumi se calló al ver sus rostros desconcertados—, es decir, que
estos animales, son compañeros nuestros, capaces de comunicarse con cualquier
ser vivo mentalmente. Además, son más inteligentes que los humanos y pueden
utilizar la magia.
―Claro. Y supongo que
también hablarás con las plantas, ¿no? ―soltó de golpe Adam.
Aleksi, para el asombro de todos, empezó a reírse
escandalosamente; se estaba riendo de algo que había dicho Adam Hawke, el pobre de
Hawke. Se calló en cuanto se dio cuenta de su error y miró al animal, con un
semblante serio.
―Os llevaremos de vuelta
—la joven maga fulminó con la mirada a Adam y echó a andar.
La kissasuuri iba delante y a su
lado su compañera humana, seguidas de Arvo, Adam, Aleksi y Valo con Nougat.
Los chicos caminaban con paso ligero, todos
estaba deseosos de llegar a casa, pero Valo no estaba tan emocionada como ellos,
estaba terriblemente triste y todavía no entendía el motivo.
―¿En qué piensas?
―En nada.
―Ya ―dijo Aleksi―. En
nada.
Valo le miró enfadada.
―Quería decir: en nada
que te importe.
Aleksi resopló furioso, pero no dijo nada más y
siguió caminando hacia delante, un par de pasos, ya que Smaragdi se paró en
seco, tenía el pelo del lomo erizado y mostraba los dientes de forma
amenazante.
—¿Qué pasa? —dijo Lumi
cogiendo el largo bastón que llevaba en la espalda, Smaragdi no se movió ni un
milímetro, lo único que hizo fue girar su oreja izquierda hacia la joven maga.
Huelo algo —una
voz profunda resonó en las mentes de los jóvenes, haciéndoles
estremecer—. No sé qué es, Lumi, pero no me gusta.
La morena asintió.
Será mejor que estemos
alerta, esta tranquilidad me inquieta —la kissasuuri giró la cabeza y
posó sus enormes ojos verdes sobre Valo—. No te despistes, jovencita,
tu caballo podría llamar la atención y no me gustaría tener que mancharme de
sangre.
La rubia aferró con fuerza la correa que sujetaba
a Nougat y asintió lentamente.
Bien, pues en marcha,
no debemos estar muy lejos de vuestra casa.
Smaragdi continuó caminando, observando
atentamente todo lo que se le cruzaba, manteniéndose alerta en todo momento.
Por fin empezaron a divisar el humo que salía de
las casas de Sanum, por fin llegarían a su hogar.
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