viernes, 24 de febrero de 2012

Lumi


Una joven caminaba desesperada por el nevado bosque. Buscaba algo, más bien a alguien, a su compañera, a su amiga. Pero no había rastro de ella. Desde que se habían separado hacía ya dos días, no había vuelto a verla y eso la preocupaba cada vez más.
Había visto huellas suyas en la nieve y sangre también, pero nada más, y, la joven morena, se temía lo peor.
     ―¡Smaragdi! ―gritó deteniéndose en medio de la nada.
Lo único que recibió fue el graznido de un cuervo al que había asustado. Resopló enfadada e impotente y se sentó junto a un árbol, sus ojos se humedecieron y una lágrima rebelde cayó por su pálida mejilla. Miró al cielo, intentando serenarse; estaba despejado.
Sus instintos de supervivencia le decían que no estaba sola, y sus sentidos, más desarrollados de lo que era normal, también le advertían de que había gente cerca. Se levantó y se guió por su olfato, tal vez ellos sabrían dónde estaba Smaragdi.

Adam abrió los ojos y observó lo que había a su alrededor, entonces recordó que había dormido en el bosque, y se dio cuenta de que, milagrosamente, no había muerto a causa de las bajas temperaturas. Se incorporó y miró a Arvo y luego a su hermana y a la rata de Ikonen, también recordó lo que ocurrió antes de que se durmiera y le puso de mal humor. Le dio un codazo a Arvo y este gimió sin comprender muy bien la situación, abrió los ojos y se incorporó también.
    ―¿Qué pasa? ―dijo somnoliento.
Adam le miró enfadado y luego miró a Valo, el rubio entendió porqué Adam le había despertado de un codazo. Su hermano pequeño salió de su nido y se puso en pie.
    ―¿A dónde vas? ―Adam le miró con una sonrisa maligna en los labios pero no dijo nada―. No me gusta esa sonrisa tuya. ¿Qué vas a hacer?
    ―Bueno, tenemos que encontrar el camino a casa, ¿no? ―dijo con sorna―. Y no pretenderás dejar a esos dos aquí, solos, a su suerte.
Arvo estaba medio dormido como para entender lo que tenía su hermano en mente. ¿Cómo podía pensar que dejaría a su hermana en el bosque?
    ―Claro que no.
Adam amplió más la sonrisa.
    ―Por eso voy a despertarles —dijo como quien no quiere la cosa.
Arvo vio como su hermano hacía una gran bola de nieve, todavía no sabía muy bien para qué, el sueño le impedía pensar con claridad, pero entonces vio como la cogía y como se aproximaba lentamente hacia Valo y Aleksi, y sin decir más, la soltó sobre ellos. Los jóvenes soltaron un grito de sorpresa y se revolvieron en la nieve.
    ―¡Adam! ―gritó la chica roja de rabia― ¡¡Te voy a matar, maldito inútil!!
Adam estaba apoyado sobre las rodillas, riéndose a carcajada limpia mientras un par de lágrimas caían por su colorado rostro; Arvo suspiró y se levantó para sujetar a su hermana, que tenía intención de abalanzarse sobre el joven.
    ―¡¡Suéltame!! ―pero Arvo hizo caso omiso a sus palabras y la apretó más fuerte contra él― ¡He dicho que me sueltes, Arvo!
    ―Cálmate.
Ella se revolvió más y bufó furiosa.
    ―¿¡Cómo demonios quieres que me calme!? ―dijo indignada― ¿Acaso no ves lo que nos ha hecho?
    ―Sí.
    ―Entonces suéltame, para que le dé su merecido a ese idio…
Un crujido a su espalda hizo que Valo se callara. Los cuatro se giraron y se sorprendieron al ver lo que estaba delante de ellos.
Era una chica esbelta, de pelo negro y unos ojos de un color verde intenso. Tenía unas perfectas y delineadas cejas negras y sus labios sonrosados, se curvaban en una extraña mueca.
Llevaba puesto un sujetador de cuero negro, del que salía unos cinturones que se cruzaban en su abdomen y terminaban abrochándose en un pantalón corto de cuero negro. De su espalda caía una capa negra y calzaba unas botas del mismo color, que llegaban hasta la mitad de su muslo.
Del cinto, verde esmeralda, colgaba una daga de plata, y, de su espalda, sobresalía un bastón de madera oscura, ataviado con adornos de plata y en el que se podían apreciar unas runas grabadas.
La joven les miraba.
    ―¿Y tú quién eres? ―dijo Valo, ya en el suelo.
La morena dirigió su mirada hacia la joven rubia que estaba pegada a su hermano, pero no dijo nada. Su silencio empezó a impacientar a los chicos, que cada vez estaban más nerviosos.
    ―¿No sabes hablar o qué? ―dijo Aleksi, despectivamente.
Entonces dirigió su mirada verde a él, y frunció el ceño.
    ―Me llamo Lumi ―respondió tranquila―, vengo del norte, de Metsänellver.
Arvo la miró fijamente y luego miró su bastón.
    ―¿Por qué has venido desde tan lejos? ―dijo al fin―. Los tuyos no suelen salir de sus poblados.
Lumi le miró a los ojos azules.
    ―Arrasaron mi pueblo y solo yo sobreviví ―un largo silencio se hizo presente, parecía que el viento había dejado de soplar ante la confesión de la chica.
    —Pero… Es prácticamente imposible sobrepasar vuestras defensas —dijo Arvo mirándola fijamente.
La morena se encogió de hombros.
    —El rey cree que mi raza es una amenaza para él, a pesar de que llevamos en estas tierras mucho más tiempo que los humanos ―miró al cielo y apretó los puños con fuerza, hasta que sus nudillos adoptaron un tono blanquecino―. Nunca hemos hecho nada malo. Y sin embargo fuimos perseguidos y torturados, hasta que nos escondimos en las montañas y el bosque.
Su voz sonaba amarga y el rostro de Valo se había descompuesto al oír sus palabras.
    ―¿Has venido aquí para vengarte de los humanos?
Miró a Adam.
    ―No ―dijo.
    ―¿Entonces? ―intervino Aleksi.
    ―Una raza entera no debe pagar por los errores de su líder ―apretó la daga que llevaba en el cinto―. He venido en busca de ayuda ―fijó sus ojos en Arvo―. Cien han sido los años que ese tirano ha gobernado sobre Maalohikäärme, cien años de sufrimiento para todos, porque a él sus súbditos no le importan —su voz tenía un matiz de odio y desprecio—, está corrompido por el poder y por la magia negra.
     ―¿Estás insinuando que vas a formar un ejército para acabar con el rey? ―la voz de Adam sonó más aguda de lo que le hubiera gustado, pero es que su sorpresa era mucha.
Lumi asintió.
    ―¡No puedes hacer eso! ―gritó el castaño― ¡Nadie te seguirá!
    ―¡Sí lo harán! ―espetó, indignada y furiosa― ¡Mucha gente ha perecido bajo el poder de ese tirano! ¡Los dragones cayeron bajo su poder! ¡Él acabó con ellos, como con muchos magos y muchos hombres que se opusieron a su mandato!
Arvo la miraba, entendía perfectamente lo que estaba diciendo y había oído en la taberna del pueblo como los hombres del rey arrasaban pueblos enteros por haber expuesto sus ideales. También detestaba los altos impuestos que había, cada vez más elevados, que hacía que las familias más humildes tuvieran problemas para sobrevivir, como era su caso. Pero hacer un ejército contra él era una idea de lo más absurda, les aplastaría como a un gusano.
    ―La gente es muy cobarde. No creo que sean mucho los que te sigan.
    ―Te equivocas, al sur hay una banda de rebeldes, que planean derrocar al rey.
Adam rió irónicamente.
    ―Será mejor que no lo intenten, tiene un enorme ejército y el poder de la magia.
Lumi resopló, ese niñato insolente le estaba tocando la moral.
    ―¡Yo también soy maga! ―y enfadada, levantó la mano derecha, de la cual surgía una luz blanquecina y cegadora― ¡Y a diferencia de tu querido rey, lo mío es de nacimiento, no por haber hecho un maldito pacto con los espíritus!
Valo giró la cabeza, se soltó a Arvo y se alejó de ellos lentamente, bajo la atenta mirada de Aleksi. Se agachó y achinó los ojos, intentando identificar algo en la lejanía.
    ―¿Qué es eso? ―murmuró confundida.
Lumi miró hacia donde estaba fija la mirada de la chica rubia y se quedó congelada al ver lo que se acercaba rápidamente. Un animal enorme se aproximaba a ellos, su búsqueda de dos días había concluido.
    ―¡Smaragdi! ―Lumi se encontraba al lado de Valo, sonriendo a aquello que se acercaba velozmente.
La rubia se apartó instintivamente cuando un enorme gato negro del tamaño de un caballo joven se encontraba a un par de metros de ella. Lumi corrió hacia el animal y se tiró a su cuello, gritando cosas en un idioma desconocido, mientras que el gato se enrollaba en el cuerpo de ella.
    ―Eso lo que vimos ayer, Arvo —susurró Adam.
El joven asintió en silencio mientras presenciaba la escena. La morena se incorporó y se acercó a ellos de nuevo, seguida por el gato que les observaba con sus enormes ojos verdes, idénticos a los de la maga.
    ―Ella es Smaragdi, un kissasuuri. Dice que estáis perdidos, os ha estado observando y protegiendo de… De algo. Será mejor que os llevemos de vuelta a vuestro pueblo —miró a su alrededor con sus enormes ojos verdes—, no es seguro estar aquí.
    ―¿Cómo te lo ha dicho? ―dijo irónico Aleksi― ¿Hablando?
Lumi bufó irritada.
    ―El día que un mago y un kissasuuri nacen a la vez, estos se unen instantáneamente por un fuerte vínculo indestructible. En mi aldea, solo fuimos cuatro los afortunados —Lumi se calló al ver sus rostros desconcertados—, es decir, que estos animales, son compañeros nuestros, capaces de comunicarse con cualquier ser vivo mentalmente. Además, son más inteligentes que los humanos y pueden utilizar la magia.
    ―Claro. Y supongo que también hablarás con las plantas, ¿no? ―soltó de golpe Adam.
Aleksi, para el asombro de todos, empezó a reírse escandalosamente; se estaba riendo de algo que había dicho Adam Hawke, el pobre de Hawke. Se calló en cuanto se dio cuenta de su error y miró al animal, con un semblante serio.
    ―Os llevaremos de vuelta —la joven maga fulminó con la mirada a Adam y echó a andar.
La kissasuuri iba delante y a su lado su compañera humana, seguidas de Arvo, Adam, Aleksi y Valo con Nougat.
Los chicos caminaban con paso ligero, todos estaba deseosos de llegar a casa, pero Valo no estaba tan emocionada como ellos, estaba terriblemente triste y todavía no entendía el motivo.
    ―¿En qué piensas?
    ―En nada.
    ―Ya ―dijo Aleksi―. En nada.
Valo le miró enfadada.
    ―Quería decir: en nada que te importe.
Aleksi resopló furioso, pero no dijo nada más y siguió caminando hacia delante, un par de pasos, ya que Smaragdi se paró en seco, tenía el pelo del lomo erizado y mostraba los dientes de forma amenazante.
    —¿Qué pasa? —dijo Lumi cogiendo el largo bastón que llevaba en la espalda, Smaragdi no se movió ni un milímetro, lo único que hizo fue girar su oreja izquierda hacia la joven maga.
    Huelo algo —una voz profunda resonó en las mentes de los jóvenes, haciéndoles estremecer—. No sé qué es, Lumi, pero no me gusta.
La morena asintió.
    Será mejor que estemos alerta, esta tranquilidad me inquieta —la kissasuuri giró la cabeza y posó sus enormes ojos verdes sobre Valo—. No te despistes, jovencita, tu caballo podría llamar la atención y no me gustaría tener que mancharme de sangre.
La rubia aferró con fuerza la correa que sujetaba a Nougat y asintió lentamente.
    Bien, pues en marcha, no debemos estar muy lejos de vuestra casa.
Smaragdi continuó caminando, observando atentamente todo lo que se le cruzaba, manteniéndose alerta en todo momento.
Por fin empezaron a divisar el humo que salía de las casas de Sanum, por fin llegarían a su hogar.

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