El
viento golpeaba fuertemente, azotando de forma violenta las contras de madera
de la pequeña casita. Estaban a finales de otoño y ya hacía mucho frío. Todos
los campesinos trabajaban sin cesar, para poder pasar el duro invierno que
estaba por venir. La humilde familia Hawke, que contaba con cinco miembros, se
encontraba fuera del hogar; Anker, estaba en la forja con sus dos hijos varones
y Annelise estaba con Valo tejiendo unas túnicas para Arvo y Adam.
Todo
parecía en calma, nadie podía decir que en ese pequeño pueblo podría estar
pasando algo, pero la joven Valo advirtió algo al mirar por la ventana.
Donde
antes había estado una fina y perfecta capa de nieve, ahora había unas huellas
que rompían el perfecto equilibrio que hubo minutos atrás. Quien quiera que
fuera aquél que se había atrevido a salir de la seguridad de su hogar, con una
ventisca tan próxima, no tenía muy bien la cabeza o no tenía muy buenas
intenciones. La joven muchacha, continuó mirando a través del cristal empañado
y algo sucio, sumida en sus pensamientos, intentando descifrar lo que podían
significar esas huellas, causadas por alguien que estaba nervioso –ya que se
esparcían de forma irregular por la nieve–, y, aunque llevaba ahí toda la
tarde, no había visto pasar a nadie.
—¿Estás bien?
Valo
miró a su madre, los mechones rubios que se escapaban del moño mal hecho de
ella, caían rebeldemente por su rostro, y, sus ojos azules, estaban
enrojecidos, provocados por el cansancio de haber estado cosiendo todo el día.
La miraba de forma preocupada, parecía que su madre había envejecido diez años
ese otoño, y no era para menos, habían sido unos meses duros y muy fríos.
—Sí ―dijo ella sonriendo levemente―. Me he
quedado mirando la nieve, nada más.
La
mujer sonrió ampliamente y volvió a su labor, sus manos parecían tener vida
propia, ya que se movían con una velocidad increíble.
—Madre.
—¿Si? ―respondió ella, sin levantar la
mirada hacia la chica.
—¿Puedo ir a ver a Adam y Arvo? Es que no
tengo nada más que hacer aquí, a lo mejor padre y ellos necesitan ayuda.
La
mujer asintió en silencio y Valo se sintió culpable por haber mentido a su
madre. No iba a ir a la herrería de su padre, este la hubiera echado antes de
que ella pudiera haber dicho algo en su defensa, alegando que “eso no era un
trabajo de mujeres”.
Cogió
un enorme abrigo y salió fuera, nada más poner un pie en la fría nieve, una
ráfaga de viento helado impactó de lleno en la cara sonrosada de Valo, haciendo
que se estremeciera violentamente y echándola un poco para atrás, se apresuró
en ponerse la capucha y echó a andar, dispuesta a averiguar quién era el que
había dejado esas pisadas y porqué.
Miró
a ambos lados varias veces antes de echarse a correr siguiendo aquel rastro.
Sabía que estaba haciendo mal, pero eso solo hacía que la chica rubia se
sintiera más viva.
Corría
todo lo rápido que el terreno le permitía, la nieve la hizo resbalar en un par
de ocasiones, haciendo que en una de esas veces, Valo cayera al suelo.
Unos ojos estaban fijos en ella y
sin saber muy bien porqué, el dueño de esa penetrante mirada decidió seguirla.
Valo
aminoró el paso, cansada y confusa. Las huellas estaban por todo el terreno de
forma irregular, y ella pensó desilusionada, que su dueño, había sido más listo
que ella al hacerlas de ese modo, impidiendo que nadie pudiera seguirle la
pista.
Jadeó
y resopló enfadada. No sabía dónde estaba, había mentido a su madre y había
sido tan tonta como la persona a la que estaba siguiendo, se había adentrado
demasiado en el bosque y las nubes no tardarían mucho más en descargar su carga
de forma furiosa. Miró en todas direcciones, el bosque estaba calmado, los
árboles estaban bastante dispersos y sus copas estaban desnudas, volvió a
resoplar, frustrada.
Se
reprendió una y otra vez a sí misma por haber sido tan estúpida. ¿Por qué no se
había quedado con su madre, segura y calentita? Hubiera sido lo mejor.
—Genial, Valo. Tu sentido común acaba de
hacer acto de presencia ―se dijo en voz alta, recriminándose una vez más su
estupidez―, malditas huellas y maldita idea tuya de seguirl…
La
joven se calló inmediatamente al escuchar un crujido a su espalda, tenía la
sensación de que su corazón iba a salírsele del pecho y notó como su instinto
de supervivencia se ponía alerta, su mente trabajaba a toda velocidad
intentando encontrar algo con lo que defenderse, pero aunque quisiera moverse,
su cuerpo no le respondería.
Su
respiración se hizo pesada y notó como el frío se le clavaba en los huesos,
atravesando el grueso abrigo como si no fuera más que una simple tela de fina
seda; tragó saliva y miró cada detalle que había frente a ella, buscando algo
con lo que poder defenderse, había ramas caídas, con alguna que otra piedra y
más huellas que se mezclaban unas con otras, pero eso no fue lo que le llamó la
atención; en medio de todas las pisadas y hojarasca muerta, había algo extraño,
algo que la chica no tenía pensado encontrar… Un enorme charco –bueno, lo que
habría sido un charco tiempo atrás– de color escarlata brillaba la nieve y
pequeñas gotas se esparcían a su alrededor. Ahogó un grito de horror. Millones
de ideas se cruzaban por su mente a toda velocidad, lo más probable era que el
dueño de esa sangre estuviera muerto y tal vez, él que estaba detrás de ella,
era su asesino.
Seguramente
sería alguien del pueblo, alguien que se fijó en ella. Pero, ¿por qué? No tenía
nada de especial, su color de pelo y de ojos era muy común, pasaba
desapercibida la mayoría de las veces y su familia no es que fuera importante,
aunque si lo pensaba bien, su padre tenía problemas con dos hombres del pueblo,
el tabernero y un hombre que intentó abusar de su madre.
¿Y
si era una forma de vengarse de él? Pero, ¿por qué no le había hecho nada aún?
Una vaga idea se incrustó en su mente: ella era una muchacha muy inteligente,
siempre usaba la lógica para todo y nunca actuaba sin pensar, exceptuando ese
día. A lo mejor al asesino le pareció una víctima difícil, alguien con quien
podría divertirse antes de matarla, tal vez disfrutaba con el miedo de sus
presas, jugando al ratón y al gato, primero las asustaba y luego acababa con
ellas… Aunque si descartaba esa opción, ella era virgen y probablemente se
fijara en ella por eso, la había incitado a adentrarse en el bosque para luego
violarla y finalmente, matarla a sangre fría.
Un
suspiro, acompañado de un pie hundiéndose en la nieve hicieron que Valo se
pusiera rígida, su corazón latía más rápido que antes y sus ojos azules se
humedecieron al instante, pensando que su final iba a ser prematuro y muy
triste.
Otra
pisada le hizo regresar al mundo.
Y
otra.
Y
otra más.
Se
acabó, la adrenalina se apoderó de su cuerpo y la muchacha echó a correr todo
lo rápido que pudo, ignorando a la persona que corría detrás de ella.
Pisó
de lleno el montón de nieve que estaba cubierto de sangre, provocando que de
sus sonrosados labios saliera un pequeño grito, aunque eso no le hizo aminorar
el paso ni un momento, es más, cada vez corría más rápido, o al menos eso le
parecía a ella ya que no escuchaba las pisadas de quien quiera que hubiera estado
detrás de ella, en realidad, solo escuchaba los latidos de su corazón y su
agitada respiración, demasiado asustada como para percatarse de que todavía
corrían detrás de ella.
Comenzaba
a cansarse, y, aunque no tenía pensado parar o bajar el ritmo, sus piernas
fallaron, haciendo que saliera despedida hacia delante.
Se
quedó petrificada al oír de nuevo los pasos, más y más cerca de ella. No pudo
evitar ponerse a llorar de forma desconsolada, sus desgarradores gritos
retumbaban en todo el bosque y no paró hasta que se percató de que unas botas
de piel estaban justo a unos diez centímetros de ella. Levantó la mirada
temerosamente, mientras enormes lágrimas descendían por sus mejillas a toda
velocidad.
—¿Qué haces aquí?
Esa
voz hizo que Valo se estremeciera y se sintiera completamente estúpida –más si
cabe–.
—Eso mismo puedo preguntarte yo.
Una
sonora risa inundó el bosque.
—Para ser una niña pobre y flacucha, eres
bastante rápida.
Notó
como se ruborizaba lentamente y se odio a sí misma –de nuevo–, por haber
actuado así. Comenzó a incorporarse y se agarró a la mano que estaba tendida
delante suya, cuando estuvo de pie, se sacudió la nieve que la cubría y le
miró.
—¿Por qué me has seguido? ―dijo mirándole a
los ojos.
Él
se encogió de hombros y sonrió de forma enigmática.
—¿Qué te hace pensar que he sido yo él que
te ha seguido a ti, Hawke?
Valo
dio un par de pasos para atrás de forma instintiva y él solo rió sonoramente.
—Tenía curiosidad por ver a dónde ibas con
tanta prisa.
La
chica le miró de nuevo, furiosa, humillada y violenta.
—¿Sabrás volver, no? ―preguntó secamente
mientras observaba lo que había a su alrededor.
—Sí. ¿Te piensas que te hubiera seguido si
no supiera regresar? ―dijo irónicamente―. Eres tan estúpida como tus hermanos
mayores.
La
chica contuvo las ganas de cruzarle la cara, pero le miró con odio,
consiguiendo que su sonrisa creciera más. Aleksi Ikonen era hijo de uno de los
mercaderes de Sanum y su pasatiempo favorito parecía ser hacerles la vida
imposible a los hermanos Hawke, ya que siempre se estaba metiendo con Arvo y en
especial con Adam y con ella.
—Será mejor que nos vayamos ya.
—¿Por qué? ¿Es que tienes miedo, Hawke?
—No —dijo serena—. Pero prefiero estar en
mi casa cuando empiece a nevar.
Él
se limitó a sonreír y luego echó a andar hacia el pueblo, seguido de la joven
rubia.
Durante
el camino de vuelta, ninguno dijo nada, ella intentando conservar algo de
dignidad y él, bueno, él no dijo nada porque no sabía qué decir.
Cuando
empezaron a divisar las casas, Valo no pudo reprimir un gritito de júbilo al
saber que volvía a la protección que le brindaban su familia y su hogar,
mientras que Aleksi resopló fuertemente, fastidiado.
—Antes de que te reúnas con tu familia en
ese… cubículo al que os dignáis a llamar casa ―sus ojos verdes brillaban
fuertemente y su rostro mostraba una mueca de desdén―, no vuelvas a internarte
en el bosque tú sola.
Valo
le miró entre sorprendida y molesta.
—¿Por qué?
—Es… peligroso, y más para una niña como tú,
Hawke. Y bueno, ya he perdido demasiado el tiempo contigo, será mejor que me
vaya y que tú hagas lo mismo.
—Sí, será lo mejor. Adiós, Ikonen, gra…
Gracias por traerme de vuelta ―murmuró indignada.
Él
se limitó a asentir y a sonreír irónicamente.
—Adiós, Hawke.
Y
dicho aquello, cada uno se marchó por su lado, sin percatarse de que unos ojos
grises les habían estado observando, y su dueño no parecía muy contento con la
escena.
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