jueves, 16 de febrero de 2012

Rastros de sangre en la nieve


El viento golpeaba fuertemente, azotando de forma violenta las contras de madera de la pequeña casita. Estaban a finales de otoño y ya hacía mucho frío. Todos los campesinos trabajaban sin cesar, para poder pasar el duro invierno que estaba por venir. La humilde familia Hawke, que contaba con cinco miembros, se encontraba fuera del hogar; Anker, estaba en la forja con sus dos hijos varones y Annelise estaba con Valo tejiendo unas túnicas para Arvo y Adam.
Todo parecía en calma, nadie podía decir que en ese pequeño pueblo podría estar pasando algo, pero la joven Valo advirtió algo al mirar por la ventana.
Donde antes había estado una fina y perfecta capa de nieve, ahora había unas huellas que rompían el perfecto equilibrio que hubo minutos atrás. Quien quiera que fuera aquél que se había atrevido a salir de la seguridad de su hogar, con una ventisca tan próxima, no tenía muy bien la cabeza o no tenía muy buenas intenciones. La joven muchacha, continuó mirando a través del cristal empañado y algo sucio, sumida en sus pensamientos, intentando descifrar lo que podían significar esas huellas, causadas por alguien que estaba nervioso –ya que se esparcían de forma irregular por la nieve–, y, aunque llevaba ahí toda la tarde, no había visto pasar a nadie.
    —¿Estás bien?
Valo miró a su madre, los mechones rubios que se escapaban del moño mal hecho de ella, caían rebeldemente por su rostro, y, sus ojos azules, estaban enrojecidos, provocados por el cansancio de haber estado cosiendo todo el día. La miraba de forma preocupada, parecía que su madre había envejecido diez años ese otoño, y no era para menos, habían sido unos meses duros y muy fríos.
    —Sí ―dijo ella sonriendo levemente―. Me he quedado mirando la nieve, nada más.
La mujer sonrió ampliamente y volvió a su labor, sus manos parecían tener vida propia, ya que se movían con una velocidad increíble.
    —Madre.
    —¿Si? ―respondió ella, sin levantar la mirada hacia la chica.
    —¿Puedo ir a ver a Adam y Arvo? Es que no tengo nada más que hacer aquí, a lo mejor padre y ellos necesitan ayuda.
La mujer asintió en silencio y Valo se sintió culpable por haber mentido a su madre. No iba a ir a la herrería de su padre, este la hubiera echado antes de que ella pudiera haber dicho algo en su defensa, alegando que “eso no era un trabajo de mujeres”.
Cogió un enorme abrigo y salió fuera, nada más poner un pie en la fría nieve, una ráfaga de viento helado impactó de lleno en la cara sonrosada de Valo, haciendo que se estremeciera violentamente y echándola un poco para atrás, se apresuró en ponerse la capucha y echó a andar, dispuesta a averiguar quién era el que había dejado esas pisadas y porqué.
Miró a ambos lados varias veces antes de echarse a correr siguiendo aquel rastro. Sabía que estaba haciendo mal, pero eso solo hacía que la chica rubia se sintiera más viva.
Corría todo lo rápido que el terreno le permitía, la nieve la hizo resbalar en un par de ocasiones, haciendo que en una de esas veces, Valo cayera al suelo.
Unos ojos estaban fijos en ella y sin saber muy bien porqué, el dueño de esa penetrante mirada decidió seguirla.
Valo aminoró el paso, cansada y confusa. Las huellas estaban por todo el terreno de forma irregular, y ella pensó desilusionada, que su dueño, había sido más listo que ella al hacerlas de ese modo, impidiendo que nadie pudiera seguirle la pista.
Jadeó y resopló enfadada. No sabía dónde estaba, había mentido a su madre y había sido tan tonta como la persona a la que estaba siguiendo, se había adentrado demasiado en el bosque y las nubes no tardarían mucho más en descargar su carga de forma furiosa. Miró en todas direcciones, el bosque estaba calmado, los árboles estaban bastante dispersos y sus copas estaban desnudas, volvió a resoplar, frustrada.
Se reprendió una y otra vez a sí misma por haber sido tan estúpida. ¿Por qué no se había quedado con su madre, segura y calentita? Hubiera sido lo mejor.
    —Genial, Valo. Tu sentido común acaba de hacer acto de presencia ―se dijo en voz alta, recriminándose una vez más su estupidez―, malditas huellas y maldita idea tuya de seguirl…
La joven se calló inmediatamente al escuchar un crujido a su espalda, tenía la sensación de que su corazón iba a salírsele del pecho y notó como su instinto de supervivencia se ponía alerta, su mente trabajaba a toda velocidad intentando encontrar algo con lo que defenderse, pero aunque quisiera moverse, su cuerpo no le respondería.
Su respiración se hizo pesada y notó como el frío se le clavaba en los huesos, atravesando el grueso abrigo como si no fuera más que una simple tela de fina seda; tragó saliva y miró cada detalle que había frente a ella, buscando algo con lo que poder defenderse, había ramas caídas, con alguna que otra piedra y más huellas que se mezclaban unas con otras, pero eso no fue lo que le llamó la atención; en medio de todas las pisadas y hojarasca muerta, había algo extraño, algo que la chica no tenía pensado encontrar… Un enorme charco –bueno, lo que habría sido un charco tiempo atrás– de color escarlata brillaba la nieve y pequeñas gotas se esparcían a su alrededor. Ahogó un grito de horror. Millones de ideas se cruzaban por su mente a toda velocidad, lo más probable era que el dueño de esa sangre estuviera muerto y tal vez, él que estaba detrás de ella, era su asesino. 
Seguramente sería alguien del pueblo, alguien que se fijó en ella. Pero, ¿por qué? No tenía nada de especial, su color de pelo y de ojos era muy común, pasaba desapercibida la mayoría de las veces y su familia no es que fuera importante, aunque si lo pensaba bien, su padre tenía problemas con dos hombres del pueblo, el tabernero y un hombre que intentó abusar de su madre.
¿Y si era una forma de vengarse de él? Pero, ¿por qué no le había hecho nada aún? Una vaga idea se incrustó en su mente: ella era una muchacha muy inteligente, siempre usaba la lógica para todo y nunca actuaba sin pensar, exceptuando ese día. A lo mejor al asesino le pareció una víctima difícil, alguien con quien podría divertirse antes de matarla, tal vez disfrutaba con el miedo de sus presas, jugando al ratón y al gato, primero las asustaba y luego acababa con ellas… Aunque si descartaba esa opción, ella era virgen y probablemente se fijara en ella por eso, la había incitado a adentrarse en el bosque para luego violarla y finalmente, matarla a sangre fría.
Un suspiro, acompañado de un pie hundiéndose en la nieve hicieron que Valo se pusiera rígida, su corazón latía más rápido que antes y sus ojos azules se humedecieron al instante, pensando que su final iba a ser prematuro y muy triste.
Otra pisada le hizo regresar al mundo.
Y otra.
Y otra más.
Se acabó, la adrenalina se apoderó de su cuerpo y la muchacha echó a correr todo lo rápido que pudo, ignorando a la persona que corría detrás de ella.
Pisó de lleno el montón de nieve que estaba cubierto de sangre, provocando que de sus sonrosados labios saliera un pequeño grito, aunque eso no le hizo aminorar el paso ni un momento, es más, cada vez corría más rápido, o al menos eso le parecía a ella ya que no escuchaba las pisadas de quien quiera que hubiera estado detrás de ella, en realidad, solo escuchaba los latidos de su corazón y su agitada respiración, demasiado asustada como para percatarse de que todavía corrían detrás de ella.
Comenzaba a cansarse, y, aunque no tenía pensado parar o bajar el ritmo, sus piernas fallaron, haciendo que saliera despedida hacia delante.
Se quedó petrificada al oír de nuevo los pasos, más y más cerca de ella. No pudo evitar ponerse a llorar de forma desconsolada, sus desgarradores gritos retumbaban en todo el bosque y no paró hasta que se percató de que unas botas de piel estaban justo a unos diez centímetros de ella. Levantó la mirada temerosamente, mientras enormes lágrimas descendían por sus mejillas a toda velocidad.
    —¿Qué haces aquí?
Esa voz hizo que Valo se estremeciera y se sintiera completamente estúpida –más si cabe–.
    —Eso mismo puedo preguntarte yo.
Una sonora risa inundó el bosque.
    —Para ser una niña pobre y flacucha, eres bastante rápida.
Notó como se ruborizaba lentamente y se odio a sí misma –de nuevo–, por haber actuado así. Comenzó a incorporarse y se agarró a la mano que estaba tendida delante suya, cuando estuvo de pie, se sacudió la nieve que la cubría y le miró.
    —¿Por qué me has seguido? ―dijo mirándole a los ojos.
Él se encogió de hombros y sonrió de forma enigmática.
    —¿Qué te hace pensar que he sido yo él que te ha seguido a ti, Hawke?
Valo dio un par de pasos para atrás de forma instintiva y él solo rió sonoramente.
    —Tenía curiosidad por ver a dónde ibas con tanta prisa.
La chica le miró de nuevo, furiosa, humillada y violenta.
    —¿Sabrás volver, no? ―preguntó secamente mientras observaba lo que había a su alrededor.
    —Sí. ¿Te piensas que te hubiera seguido si no supiera regresar? ―dijo irónicamente­―. Eres tan estúpida como tus hermanos mayores.
La chica contuvo las ganas de cruzarle la cara, pero le miró con odio, consiguiendo que su sonrisa creciera más. Aleksi Ikonen era hijo de uno de los mercaderes de Sanum y su pasatiempo favorito parecía ser hacerles la vida imposible a los hermanos Hawke, ya que siempre se estaba metiendo con Arvo y en especial con Adam y con ella.
    —Será mejor que nos vayamos ya.
    —¿Por qué? ¿Es que tienes miedo, Hawke?
    —No —dijo serena—. Pero prefiero estar en mi casa cuando empiece a nevar.
Él se limitó a sonreír y luego echó a andar hacia el pueblo, seguido de la joven rubia.
Durante el camino de vuelta, ninguno dijo nada, ella intentando conservar algo de dignidad y él, bueno, él no dijo nada porque no sabía qué decir.
Cuando empezaron a divisar las casas, Valo no pudo reprimir un gritito de júbilo al saber que volvía a la protección que le brindaban su familia y su hogar, mientras que Aleksi resopló fuertemente, fastidiado.
    —Antes de que te reúnas con tu familia en ese… cubículo al que os dignáis a llamar casa ―sus ojos verdes brillaban fuertemente y su rostro mostraba una mueca de desdén­―, no vuelvas a internarte en el bosque tú sola.
Valo le miró entre sorprendida y molesta.
    —¿Por qué?
    —Es… peligroso, y más para una niña como tú, Hawke. Y bueno, ya he perdido demasiado el tiempo contigo, será mejor que me vaya y que tú hagas lo mismo.
    —Sí, será lo mejor. Adiós, Ikonen, gra… Gracias por traerme de vuelta ­―murmuró indignada.
Él se limitó a asentir y a sonreír irónicamente.
    —Adiós, Hawke.
Y dicho aquello, cada uno se marchó por su lado, sin percatarse de que unos ojos grises les habían estado observando, y su dueño no parecía muy contento con la escena.

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