martes, 21 de febrero de 2012

Perdidos




Arvo soltó una maldición cuando vio que la puerta de la cuadra estaba abierta, dentro solo estaban su vieja yegua baya, la vaca y tres gallinas. Suspiró, cansado y enfadado a partes iguales. ¿Es que no le iba a salir nada bien?
Cogió un cubo y lo llenó de avena; rellenó un comedero, volvió a repetir la acción otra vez y luego cogió un puñado de pienso y lo esparció por el suelo, al poco tiempo, las gallinas le estaban rodeando. No le gustaba hacer aquello, normalmente era Valo la que se ocupaba de alimentar a los animales, pero ese día su hermana no estaba muy bien moralmente y él sabía que era por lo que le había dicho Adam la noche anterior. Suspiró de nuevo, recordándolo, arrepintiéndose de no haber entrado a hablar con ella.
Miró a la yegua, un animal viejo y famélico, pero leal, el más noble de todos los caballos que había tenido. Sonrió tristemente pensando que no debía quedarle mucho, luego suspiró otra vez.
    —Arvo.
Se giró lentamente hacia la voz que le había llamado. Delante de él estaba Laila Alho, sonriendo tímidamente y sujetando una correa.
    —Hola, Laila.
    —He encontrado a tu caballo correteando por el pueblo, supongo que lo estarías buscando.
Arvo miró detrás de la joven pelirroja y asintió en silencio, observando al caballo blanco que sujetaba con fuerza. Laila se puso tensa cuando él estiró la mano para coger la cuerda que sostenía fuertemente, ruborizándose cuando sus manos se rozaron.
    —Gracias ―dijo sonriendo ampliamente―, no sabes lo mucho que te agradezco que lo trajeras hasta aquí.
    —De nada, cualquiera habría hecho lo mismo.
Él sonrió irónicamente.
    —No creo, últimamente queda muy poca gente buena.
Ella le miró fijamente.
    —¿Lo dices por Aleksi Ikonen? ―Arvo la miró como si no entendiera―. Vi ayer como le pegaba tu hermano ―guardó silencio unos instantes antes de continuar―, ¿crees que si lo hubiera encontrado él, no te lo hubiera devuelto?
    —Ikonen tiene dinero suficiente como para quedarse con un caballo como este. Supongo que no se lo quedaría, pero tampoco me lo devolvería como tú has hecho, Laila.
    —Supongo que tienes razón ―sonrió―, me alegro de haberte visto, Arvo.
Laila le sonrió levemente y él asintió con una mueca en los labios que se alejaba de parecer una sonrisa, ella se giró, alejándose lentamente, como si le pesaran los pies.
Arvo observó como la joven se perdía entre las casas y luego metió al caballo en la cuadra, había recuperado al equino, pero todavía le faltaban cuatro gallinas; y maldiciendo por lo bajo, salió en su busca.
Adam se adentró en el bosque, con su vieja espada como única compañía. Estaba furioso y necesitaba descargar su ira sobre algo, o más bien, sobre alguien. Hacía más frío que el día anterior y eso le enfurecía más. Su mano derecha –con la que había pegado a Aleksi–  estaba peor que ayer por la noche y maldijo a ese condenado por haberle incitado a pegarle, si no hubiera aparecido, nada de esto hubiera ocurrido, ni habría tratado mal a su hermana, ni necesitaría romper cosas para sentirse mejor. Sacó su espada del cinto de cuero gastado que llevaba, y, levantándola sobre su cabeza,  le dio una fuerte estocada al aire, clavándola sobre un árbol cercano. Tiró de la empuñadura hasta que la hoja salió de la corteza y repitió el movimiento unas cuantas veces, hasta que su mano le dio un fuerte pinchazo, provocando que soltara un grito desgarrador y que su espada cayera al suelo. Cayó de rodillas sobre la nieve y gritó, de impotencia.
Se quedó en el suelo durante unos largos minutos, hasta que se dio cuenta de que todo estaba tranquilo, extremadamente tranquilo, se puso rígido.  No estaba solo.

Valo caminaba lentamente por la nieve, tenía los ojos rojos e hinchados y por sus mejillas resbalaban tímidas lágrimas. Las palabras de Adam le habían hecho daño, mucho daño. ¿Por qué lo había pagado con ella? No había hecho nada malo, solo impedir que su hermano hiciera algo de lo que se arrepentiría después, y lo único que había recibido a cambio habían sido unas palabras hirientes.
Estaba cansada, no había dormido casi nada y sentía como la cabeza le iba a estallar, por eso decidió ir al bosque con Nougat.
Se sentó en una piedra que estaba húmeda, llena de musgo y de líquenes y de alguna otra cosa que no identificó; el caballo estaba a su lado, dándole suaves golpecitos en la espalda con el morro, Valo agradeció en silencio la compañía que le brindaba el animal blanco y comenzó a llorar de nuevo, sin saber muy bien porqué.
Se levantó y se dirigió a un árbol con el tronco grueso, apartó la nieve con los pies y se sentó de nuevo, abrazándose las piernas con las manos. Nougat la miraba fijamente, estático y con las orejas tiesas, escuchando los lastimeros sollozos que emitía Valo. Pisoteó el suelo con una pata y relinchó, intentando llamar la atención de la rubia, pero esta ni se inmutó, estaba inmersa en sus pensamientos, tanto, que no se dio cuenta de que no estaba sola.

Arvo se había metido en el bosque siguiendo unas huellas que había dejado un caballo. Tras haber encontrado a las gallinas que se habían escapado, había decidido que hablaría con Valo sobre lo que ocurrió el día anterior, pero no estaba en casa y Nougat tampoco estaba en la cuadra. Sabía que su hermana había cogido al caballo blanco porque Adam normalmente montaba a la yegua baya.
Cuanto más se adentraba en el bosque, más desesperado estaba por encontrar a su hermana, así que sin darse cuenta, se puso a correr, mirando a su alrededor, sin fijarse en el suelo que pisaba. Una piedra le hizo tropezar y Arvo cayó al suelo como un peso muerto, ahogó un grito de horror al ver una enorme mancha roja delante suya, de forma desesperada, intentó incorporarse y retroceder, pero un grito le dejó paralizado, un grito muy familiar.

Adam estaba apoyado contra el árbol en el que había descargado su furia, inmóvil, sin respirar casi, y aunque no lo reconociera nunca, estaba muy asustado…  
Su espada estaba tirada en el suelo, a un metro y medio de él y se maldijo por no haberla cogido a tiempo. Se le pasó por la mente lanzarse a por ella, pero el pánico le impedía hacer algún movimiento, por leve que fuera; unos enormes ojos verdes le observaban, intentando ver a través de él, se estremeció, cuando la enorme criatura movió una oreja.
Tenía la forma de un gato, pero mucho más grande, su pelaje era largo y negro, salvo en una pata trasera, que tenía un calcetín blanco; sus ojos eran grandes y de un color verde intenso, sus orejas eran puntiagudas y la cola era muy peluda, pareciendo una enorme bufanda. Le miraba de forma curiosa, no había maldad en su mirada, pero Adam estaba demasiado asustado como para darse cuenta de que era inofensivo, por eso soltó un grito inhumano cuando el gato se sentó y bostezó, enseñando una hilera de blanquísimos y enormes dientes.

Valo levantó la mirada cuando oyó un sonoro suspiro, tenía los ojos hinchados y parecían una cascada.
    —¿Por qué lloras?
    —A ti qué te importa ―respondió secamente, con la voz temblorosa.
Él se encogió de hombros.
    —Es la segunda vez que te veo llorando en el bosque ―sonrió cínicamente―. ¿Te has vuelto a asustar de tu sombra, Hawke? ―dijo con sorna.
Valo comenzó a sollozar de nuevo y enterró la cara en sus rodillas.
    —Déjame, Ikonen. No estoy de humor para aguantar tus estupideces de niñato malcriado.
    —No te he seguido para que me ignores, Hawke.
Ella levantó la cabeza de nuevo.
    —¿Y para qué me sigues, Ikonen? ―sorbió por la nariz―. Mejor dicho: ¿por qué me sigues?
Aleksi hizo una mueca de asco.
    —No hagas eso, es asqueroso.
Valo resopló, hundida y triste.
    —Si tanto asco te doy, vete, no quiero verte, ni a ti ni a nadie.
El chico se frotó la nariz, la tenía hinchada, amoratada y le dolía mucho, y, mientras se la frotaba con la mano, recordó como ella, la chica que tenía delante, encogida y triste, se puso delante para defenderle de aquel idiota, de su hermano.
    —Vamos Hawke, no estés a la defensiva ―dijo con voz cansada―, no he venido para discutir contigo ―hizo una pausa―. Además, no me das asco.
La voz de Aleksi había sido un leve murmullo, como si le hubiera costado sudor y lágrimas haber dicho aquello. Valo levantó la cabeza de nuevo y le miró, sorprendida.
    —¿En serio?
Aleksi la miró fijamente y asintiendo se sentó a su lado.
    —¿Por qué lloras?
    —Por nada.
Él apretó los puños y la miró duramente.
    —Hawke, no te hagas la tonta conmigo, la gente no llora por nada ―dijo y ella pudo notar que estaba ¿Ofendido?
Ella le miró, con una expresión que Aleksi no pudo identificar. Valo abrió la boca un par de veces, meditando lo que le iba a responder.
    —¿Por qué me besaste?

Arvo corría todo lo rápido que podía en dirección al grito, la grave voz de su hermano pequeño era inconfundible.
Cuando por fin dio con él, se quedó estático cuando vio lo que había a su lado restregándose en la nieve.
    —¡Arvo! ―susurró de forma desesperada Adam cuando vio esa inconfundible cabellera rubia.
El animal se giró y le miró mientras que el rubio retrocedía unos pasos instintivamente.
    —¿Q… Qué es e… Eso? ―su voz sonó más aguda de lo que le hubiera gustado, pero estaba demasiado aturdido y asustado como para haber hablado de forma natural.
    —No lo sé.
Arvo observó detenidamente a su hermano y luego al animal enorme que jugaba despreocupadamente con la nieve, ajeno a los dos chicos.
    —¿Te ha hecho algo?
Adam negó.
    —Adam ―el castaño le miró, la preocupación y el miedo centelleaban en sus ojos grises―, ven.
    —¿Cómo quieres que vaya si tengo a un bicho enorme a medio metro de mí? ―espetó, furioso e irritado.
Arvo observó al animal, era casi tan grande como su yegua y eso le preocupó, si no pensaba algo rápido, su hermano podría morir en manos de ese… lo que fuera.
Entonces vio una piedra que estaba al lado de su pie, no era lo suficientemente grande como para aturdir al animal, pero era perfecta para distraerle.
    ―Adam ―dijo suavemente el rubio, captando la atención de su hermano pequeño―, tengo una idea.
    —¿Sí? ¡Pues date prisa en llevarla a cabo! ¡No sé cuánto tiempo estará sin prestarme atención!
Arvo le miró duramente y Adam se calló.
    —Voy a tirarle una piedra para…
Adam rió irónicamente y miró a su hermano con rabia.
    —¿Crees que una estúpida piedra le hará algo?
El rubio apretó los puños y se agachó lentamente a coger la piedra.
    —¡Calla y escúchame! Voy a tirarla para que vaya detrás de ella, mientras él se distrae persiguiéndola, tú coges tu espada y nos vamos corriendo. ¿Entendido?
    —Bien.
Arvo tomó aire lentamente, con los ojos cerrados. Lo hizo un par de veces más y luego miró a su hermano.
    —¿Listo?
El chico asintió en silencio. Arvo tragó saliva y echó un pie para atrás, para lanzar la piedra más lejos, tomó aire y no lo soltó hasta que vio como la piedra se alejaba por entre los árboles. El gato negro la siguió con la mirada, y, como si lo hubiera estado esperado, salió tras ella a una velocidad vertiginosa.
    —¡Ahora Adam!
El castaño se había quedado rígido, viendo a la velocidad con la que corría el animal tras la piedra, reaccionó cuando escuchó la voz de su hermano y saltó sobre  su espada. Arvo ya se estaba alejando entre los árboles y él le siguió.
Corrían sin rumbo, no sabía dónde estaban y tampoco sabían volver. Estaban perdidos en el bosque.

Tocado y hundido.
La pregunta de la joven le había pillado por banda, no sabía qué decirle, porque ni siquiera él mismo lo sabía. Valo le miraba interrogativamente, esperando una respuesta por su parte, pero este se limitó a mirar al frente.
    ―Eso no es de tu incumbencia ―dijo arrastrando las palabras.
Ella le miraba furiosa. ¿Cómo se atrevía a decirle eso?
    ―¿Cómo que no es de mi incumbencia?
Aleksi se levantó, enfadado, irritado y muy confuso, dispuesto a irse por donde había venido.
    ―¡Ikonen! ―se puso en pie y empezó a seguirle― ¿A dónde vas? ―Él aumentó el ritmo y ella le cogió del brazo, haciéndole frenar.
    ―¡A ti qué te importa, Hawke! ―le gritó furioso― ¿Por qué no le haces un favor al mundo y te tiras en la nieve? A ver si con un poco de suerte te congelas.
Ella estiró la mano y la estrelló contra su pálida piel, enfadada y ofendida.
    ―¡Eres un idiota, Ikonen!
Él tenía la cara cruzada y se la acariciaba con una mano, notó como la sangre caía por su nariz. Le había hecho daño, no solo físicamente, eso era lo de menos, pero su orgullo estaba gravemente herido. Giró la cara lentamente hacia ella, rabioso; Valo le miraba con superioridad y prepotencia, como él solía mirarla a ella y a sus hermanos.
Se quedaron mirando unos instantes, hasta que el sonido de unas pisadas aproximándose a ellos les sacó de su trance. La chica se sorprendió al ver a sus dos hermanos corriendo, agitados y nerviosos, estaban tan concentrados en su carrera que no se percataron de que dos rubios y un caballo les observaban.
Nougat relinchó cuando les vio correr y ellos se pararon en seco, sin comprender nada. Adam reconoció al caballo y se acercó a él, Arvo le siguió.
    ―Adam.
El castaño desvió la mirada hasta su hermana y su sangre empezó a arder cuando vio que estaba con Aleksi Ikonen.
    ―¿¡Qué haces aquí!? ―gritó, recuperando el aliento―. ¿¡Qué haces aquí con ese!?
Arvo apareció detrás y con una mano le tocó en el hombre, intentando calmarle.
    ―¿Y vosotros qué hacéis aquí?
    ―Estamos perdidos ―la voz de su hermano mayor sonaba entrecortada y respiraba agitadamente.
Valo se puso pálida, ella se había internado en el bosque, demasiado decaída como para fijarse en el lugar al que se dirigía; miró de forma desesperada a Aleksi, esperanzada de que él sí que supiera volver.
    ―Está anocheciendo ―dijo solemne el rubio de ojos verdes―. Lo mejor sería pasar aquí la noche y ya mañana buscar el camino de vuelta.
Adam estaba apoyado en el caballo, con los puños apretados.
    ―¡Eso es una estupidez! ¡Pensaba que eras más espabilado, Ikonen!
    ―¡Cállate, Hawke! ¡Ayer me cogiste desprevenido, pero hoy estás en peores condiciones que yo!
El castaño rió irónicamente y se apartó del caballo y de Arvo, para situarse frente a Aleksi, y, con brusquedad sacó la espada de su cinto, apuntándole al cuello, Aleksi retrocedió un par de pasos y Valo se aferró a su brazo, asustada.
    ―¡Ya basta, Adam! ―los tres miraron a Arvo― En vez de hacerte el gallito, podrías emplear tu tiempo en hacer algo más constructivo, como encontrar un sitio en el que dormir.
Los tres le miraban atónitos, sobretodo Adam, que no podía creerse lo que acababa de escuchar.
A regañadientes se guardó la espada, y, como un niño enfurruñado, se alejó de ellos.
    ―¿A dónde vas?
Él maldijo en voz alta y se giró de mala gana.
    ―A hacer algo constructivo.
Y dicho aquello, se giró de nuevo.
Arvo se percató de cómo su hermana sujetaba el brazo de Aleksi y cuando ellos se dieron cuenta de hacia dónde iba dirigida la mirada del rubio, se separaron disimuladamente.
    ―Ahora que Adam no está, podemos hablar de forma pacífica. ¿Qué estáis haciendo aquí?
La chica se estremeció cuando vio cómo les miraba su hermano, que no lo hacía de forma muy inocente.
    ―Yo… ―comenzó Valo―, bueno, yo vine para despejar la mente, después de lo que pasó ayer he estado, bueno, ya sabes…
    ―No deberías haber venido sola, hermana ―ella asintió, apenada―. ¿Y tú? ¿Qué estabas haciendo aquí con ella, Aleksi?
Aleksi se puso nervioso y se limpió la sangre que le caía de la nariz con la manga de su abrigo, manchándola. Hawke le había llamado por su nombre y no por su apellido, como solían hacer sus hermanos pequeños. Normalmente Arvo hacía caso omiso a sus insultos y burlas y tranquilizaba a sus hermanos –sobre todo a Adam– cuando hacía un comentario demasiado ofensivo y tenían intención de tirarse sobre él para arrancarle la cabeza. Por eso solía respetarle, porque Arvo también le respetaba a él.
    ―La he seguido ―su confesión hizo que Valo agachara la cabeza incómoda y que Arvo se pusiera un poco tenso, eso no se lo esperaba y tampoco le gustaba mucho la idea, pero no dijo nada. La tensión que había en el ambiente se podría haber cortado con una espada, Valo y Aleksi estaban demasiado cerca y Arvo les observaba mientras acariciaba distraídamente el cuello de Nougat.
    ―¡He encontrado algo!
La voz de Adam irrumpió en el incómodo silencio que se había formado, sin darse cuenta, el cielo se había oscurecido casi por completo y el frío era más intenso. Valo reaccionó la primera, se acercó al caballo y empezó a guiarle hasta donde estaba Adam, escapando de las penetrantes miradas que había a su espalda.
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Los cuatro muchachos estaban sentados en círculo, Adam y Arvo estaban a cada lado de Valo, dándole calor mientras que Aleksi estaba recostado contra un árbol y tapado con una de las mantas que llevaba Valo en las alforjas de Nougat. No habían podido hacer fuego y cuanto más avanzaba la noche, más pesaba el frío sobre ellos. Iba a ser una noche larga y cruel.
Los sonrosados labios de Valo, presentaban un preocupante color azulado que no pasó desapercibido por sus hermanos, que cada vez la abrazaban más fuerte.
    ―¿Tienes frío?
Aleksi miró a la muchacha con ironía y un matiz de irritación, Adam le miró a él con enfado y desdén.
    ―¿Tú qué crees, Hawke?
Aunque le había hablado con desprecio, ella sintió compasión por él. Estaba tapado con su abrigo y con una manta vieja que llevaba Valo en la silla de su caballo, mientras que ella y sus tres hermanos estaban juntos, cubiertos por otra manta más gruesa y por sus tres abrigos; sin pensárselo dos veces, se deshizo de los brazos de sus hermanos, y, bajo la atenta mirada de los tres, se acercó a Aleksi y se puso a su lado, cubriéndole con su abrigo y brindándole su calor corporal.
    ―¡Qué haces, Valo! ―la furiosa voz de Adam sonaba temblorosa, estaba tiritando de frío.
Ella le miró desafiante.
    ―¿A ti qué te parece?
Adam miró a Arvo, buscando en sus ojos azules, el apoyo que necesitaba para reprocharle a su hermana pequeña la decisión que acababa de tomar, pero Arvo no dijo ni hizo nada, en vez de eso, miró hacia la oscuridad, posando los ojos donde estaba el caballo blanco atado; conocía a su hermana demasiado bien, no les haría caso y prefería no empezar una nueva discusión con ellos dos, no estando tan cansado.
    ―¡Bien! ―escupió Adam con amargura― ¡Ponte de su parte! ―dijo agarrando con fuerza la ropa que le cubría―. Maldito Ikonen y malditos todos ―murmuró enfadado, y, dicho aquello, se tumbó, pegado a su hermano y haciéndose un nido improvisado para mantener el calor.
Arvo suspiró y se tumbó a su lado, murmurando un buenas noches que no recibió respuesta de nadie, Adam no lo escuchó –más bien, no quiso escucharlo–, Valo estaba concentrada en no perder el calor y Aleksi estaba demasiado aturdido como para escuchar al rubio. La joven se tumbó, aferrándose fuertemente a Aleksi y destapándose ligeramente al moverse, el frío la azotó violentamente, haciéndola estremecer, y para sorpresa de ambos, Aleksi se tumbó a su lado y la abrazó con fuerza con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo subía la manta para cubrirles.
    ―Buenas noches, Ikonen.
    ―Buenas noches, Hawke.
Y dicho aquello, ambos cerraron los ojos, dispuestos a dormir, sin saber que eran observados.

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