Arvo soltó una maldición cuando vio que la puerta
de la cuadra estaba abierta, dentro solo estaban su vieja yegua baya, la vaca y
tres gallinas. Suspiró, cansado y enfadado a partes iguales. ¿Es que no le iba
a salir nada bien?
Cogió un cubo y lo llenó de avena; rellenó un
comedero, volvió a repetir la acción otra vez y luego cogió un puñado de pienso
y lo esparció por el suelo, al poco tiempo, las gallinas le estaban rodeando.
No le gustaba hacer aquello, normalmente era Valo la que se ocupaba de
alimentar a los animales, pero ese día su hermana no estaba muy bien moralmente
y él sabía que era por lo que le había dicho Adam la noche anterior. Suspiró de
nuevo, recordándolo, arrepintiéndose de no haber entrado a hablar con ella.
Miró a la yegua, un animal viejo y famélico, pero
leal, el más noble de todos los caballos que había tenido. Sonrió tristemente
pensando que no debía quedarle mucho, luego suspiró otra vez.
—Arvo.
Se giró lentamente hacia la voz que le había
llamado. Delante de él estaba Laila Alho, sonriendo tímidamente y sujetando una
correa.
—Hola, Laila.
—He encontrado a tu
caballo correteando por el pueblo, supongo que lo estarías buscando.
Arvo miró detrás de la joven pelirroja y asintió
en silencio, observando al caballo blanco que sujetaba con fuerza. Laila se
puso tensa cuando él estiró la mano para coger la cuerda que sostenía
fuertemente, ruborizándose cuando sus manos se rozaron.
—Gracias ―dijo sonriendo
ampliamente―, no sabes lo mucho que te agradezco que lo trajeras hasta aquí.
—De nada, cualquiera
habría hecho lo mismo.
Él sonrió irónicamente.
—No creo, últimamente
queda muy poca gente buena.
Ella le miró fijamente.
—¿Lo dices por Aleksi
Ikonen? ―Arvo la miró como si no entendiera―. Vi ayer como le pegaba tu hermano
―guardó silencio unos instantes antes de continuar―, ¿crees que si lo hubiera
encontrado él, no te lo hubiera devuelto?
—Ikonen tiene dinero
suficiente como para quedarse con un caballo como este. Supongo que no se lo
quedaría, pero tampoco me lo devolvería como tú has hecho, Laila.
—Supongo que tienes razón
―sonrió―, me alegro de haberte visto, Arvo.
Laila le sonrió levemente y él asintió con una
mueca en los labios que se alejaba de parecer una sonrisa, ella se giró,
alejándose lentamente, como si le pesaran los pies.
Arvo observó como la joven se perdía entre las
casas y luego metió al caballo en la cuadra, había recuperado al equino, pero
todavía le faltaban cuatro gallinas; y maldiciendo por lo bajo, salió en su
busca.
Adam se adentró en el bosque, con su vieja espada
como única compañía. Estaba furioso y necesitaba descargar su ira sobre algo, o
más bien, sobre alguien. Hacía más frío que el día anterior y
eso le enfurecía más. Su mano derecha –con la que había pegado a
Aleksi– estaba peor que ayer por la noche y maldijo a ese condenado
por haberle incitado a pegarle, si no hubiera aparecido, nada de esto hubiera
ocurrido, ni habría tratado mal a su hermana, ni necesitaría romper cosas para
sentirse mejor. Sacó su espada del cinto de cuero gastado que llevaba, y,
levantándola sobre su cabeza, le dio una fuerte estocada al aire,
clavándola sobre un árbol cercano. Tiró de la empuñadura hasta que la hoja
salió de la corteza y repitió el movimiento unas cuantas veces, hasta que su
mano le dio un fuerte pinchazo, provocando que soltara un grito desgarrador y
que su espada cayera al suelo. Cayó de rodillas sobre la nieve y gritó, de
impotencia.
Se quedó en el suelo durante unos largos minutos,
hasta que se dio cuenta de que todo estaba tranquilo, extremadamente tranquilo,
se puso rígido. No estaba solo.
Valo caminaba lentamente por la nieve, tenía los
ojos rojos e hinchados y por sus mejillas resbalaban tímidas lágrimas. Las
palabras de Adam le habían hecho daño, mucho daño. ¿Por qué lo había pagado con
ella? No había hecho nada malo, solo impedir que su hermano hiciera algo de lo
que se arrepentiría después, y lo único que había recibido a cambio habían sido
unas palabras hirientes.
Estaba cansada, no había dormido casi nada y
sentía como la cabeza le iba a estallar, por eso decidió ir al bosque con Nougat.
Se sentó en una piedra que estaba húmeda, llena
de musgo y de líquenes y de alguna otra cosa que no identificó; el caballo
estaba a su lado, dándole suaves golpecitos en la espalda con el morro, Valo
agradeció en silencio la compañía que le brindaba el animal blanco y comenzó a
llorar de nuevo, sin saber muy bien porqué.
Se levantó y se dirigió a un árbol con el tronco
grueso, apartó la nieve con los pies y se sentó de nuevo, abrazándose las
piernas con las manos. Nougat la miraba fijamente, estático y
con las orejas tiesas, escuchando los lastimeros sollozos que emitía Valo.
Pisoteó el suelo con una pata y relinchó, intentando llamar la atención de la
rubia, pero esta ni se inmutó, estaba inmersa en sus pensamientos, tanto, que
no se dio cuenta de que no estaba sola.
Arvo se había metido en el bosque siguiendo unas
huellas que había dejado un caballo. Tras haber encontrado a las gallinas que
se habían escapado, había decidido que hablaría con Valo sobre lo que ocurrió
el día anterior, pero no estaba en casa y Nougat tampoco
estaba en la cuadra. Sabía que su hermana había cogido al caballo blanco porque
Adam normalmente montaba a la yegua baya.
Cuanto más se adentraba en el bosque, más
desesperado estaba por encontrar a su hermana, así que sin darse cuenta, se
puso a correr, mirando a su alrededor, sin fijarse en el suelo que pisaba. Una
piedra le hizo tropezar y Arvo cayó al suelo como un peso muerto, ahogó un
grito de horror al ver una enorme mancha roja delante suya, de forma
desesperada, intentó incorporarse y retroceder, pero un grito le dejó
paralizado, un grito muy familiar.
Adam estaba apoyado contra el árbol en el que
había descargado su furia, inmóvil, sin respirar casi, y aunque no lo
reconociera nunca, estaba muy asustado…
Su espada estaba tirada en el suelo, a un metro y
medio de él y se maldijo por no haberla cogido a tiempo. Se le pasó por la
mente lanzarse a por ella, pero el pánico le impedía hacer algún movimiento,
por leve que fuera; unos enormes ojos verdes le observaban, intentando ver a
través de él, se estremeció, cuando la enorme criatura movió una oreja.
Tenía la forma de un gato, pero mucho más grande,
su pelaje era largo y negro, salvo en una pata trasera, que tenía un calcetín
blanco; sus ojos eran grandes y de un color verde intenso, sus orejas eran
puntiagudas y la cola era muy peluda, pareciendo una enorme bufanda. Le miraba
de forma curiosa, no había maldad en su mirada, pero Adam estaba demasiado
asustado como para darse cuenta de que era inofensivo, por eso soltó un grito
inhumano cuando el gato se sentó y bostezó, enseñando una hilera de
blanquísimos y enormes dientes.
Valo levantó la mirada cuando oyó un sonoro
suspiro, tenía los ojos hinchados y parecían una cascada.
—¿Por qué lloras?
—A ti qué te importa
―respondió secamente, con la voz temblorosa.
Él se encogió de hombros.
—Es la segunda vez que te
veo llorando en el bosque ―sonrió cínicamente―. ¿Te has vuelto a asustar de tu
sombra, Hawke? ―dijo con sorna.
Valo comenzó a sollozar de nuevo y enterró la
cara en sus rodillas.
—Déjame, Ikonen. No estoy
de humor para aguantar tus estupideces de niñato malcriado.
—No te he seguido para
que me ignores, Hawke.
Ella levantó la cabeza de nuevo.
—¿Y para qué me sigues,
Ikonen? ―sorbió por la nariz―. Mejor dicho: ¿por qué me sigues?
Aleksi hizo una mueca de asco.
—No hagas eso, es
asqueroso.
Valo resopló, hundida y triste.
—Si tanto asco te doy,
vete, no quiero verte, ni a ti ni a nadie.
El chico se frotó la nariz, la tenía hinchada,
amoratada y le dolía mucho, y, mientras se la frotaba con la mano, recordó como
ella, la chica que tenía delante, encogida y triste, se puso delante para
defenderle de aquel idiota, de su hermano.
—Vamos Hawke, no estés a
la defensiva ―dijo con voz cansada―, no he venido para discutir contigo ―hizo
una pausa―. Además, no me das asco.
La voz de Aleksi había sido un leve murmullo,
como si le hubiera costado sudor y lágrimas haber dicho aquello. Valo levantó
la cabeza de nuevo y le miró, sorprendida.
—¿En serio?
Aleksi la miró fijamente y asintiendo se sentó a
su lado.
—¿Por qué lloras?
—Por nada.
Él apretó los puños y la miró duramente.
—Hawke, no te hagas la
tonta conmigo, la gente no llora por nada ―dijo y ella pudo notar que estaba
¿Ofendido?
Ella le miró, con una expresión que Aleksi no
pudo identificar. Valo abrió la boca un par de veces, meditando lo que le iba a
responder.
—¿Por qué me besaste?
Arvo corría todo lo rápido que podía en dirección
al grito, la grave voz de su hermano pequeño era inconfundible.
Cuando por fin dio con él, se quedó estático
cuando vio lo que había a su lado restregándose en la nieve.
—¡Arvo! ―susurró de forma
desesperada Adam cuando vio esa inconfundible cabellera rubia.
El animal se giró y le miró mientras que el rubio
retrocedía unos pasos instintivamente.
—¿Q… Qué es e… Eso? ―su
voz sonó más aguda de lo que le hubiera gustado, pero estaba demasiado aturdido
y asustado como para haber hablado de forma natural.
—No lo sé.
Arvo observó detenidamente a su hermano y luego
al animal enorme que jugaba despreocupadamente con la nieve, ajeno a los dos
chicos.
—¿Te ha hecho algo?
Adam negó.
—Adam ―el castaño le
miró, la preocupación y el miedo centelleaban en sus ojos grises―, ven.
—¿Cómo quieres que vaya
si tengo a un bicho enorme a medio metro de mí? ―espetó, furioso e irritado.
Arvo observó al animal, era casi tan grande como
su yegua y eso le preocupó, si no pensaba algo rápido, su hermano podría morir
en manos de ese… lo que fuera.
Entonces vio una piedra que estaba al lado de su
pie, no era lo suficientemente grande como para aturdir al animal, pero era
perfecta para distraerle.
―Adam ―dijo suavemente el
rubio, captando la atención de su hermano pequeño―, tengo una idea.
—¿Sí? ¡Pues date prisa en
llevarla a cabo! ¡No sé cuánto tiempo estará sin prestarme atención!
Arvo le miró duramente y Adam se calló.
—Voy a tirarle una piedra
para…
Adam rió irónicamente y miró a su hermano con
rabia.
—¿Crees que una estúpida
piedra le hará algo?
El rubio apretó los puños y se agachó lentamente
a coger la piedra.
—¡Calla y escúchame! Voy
a tirarla para que vaya detrás de ella, mientras él se distrae persiguiéndola,
tú coges tu espada y nos vamos corriendo. ¿Entendido?
—Bien.
Arvo tomó aire lentamente, con los ojos cerrados.
Lo hizo un par de veces más y luego miró a su hermano.
—¿Listo?
El chico asintió en silencio. Arvo tragó saliva y
echó un pie para atrás, para lanzar la piedra más lejos, tomó aire y no lo
soltó hasta que vio como la piedra se alejaba por entre los árboles. El gato negro
la siguió con la mirada, y, como si lo hubiera estado esperado, salió tras ella
a una velocidad vertiginosa.
—¡Ahora Adam!
El castaño se había quedado rígido, viendo a la
velocidad con la que corría el animal tras la piedra, reaccionó cuando escuchó
la voz de su hermano y saltó sobre su espada. Arvo ya se estaba
alejando entre los árboles y él le siguió.
Corrían sin rumbo, no sabía dónde estaban y
tampoco sabían volver. Estaban perdidos en el bosque.
Tocado y hundido.
La pregunta de la joven le había pillado por
banda, no sabía qué decirle, porque ni siquiera él mismo lo sabía. Valo le
miraba interrogativamente, esperando una respuesta por su parte, pero este se limitó a mirar al frente.
―Eso no
es de tu incumbencia ―dijo arrastrando las palabras.
Ella le miraba furiosa. ¿Cómo se atrevía a
decirle eso?
―¿Cómo
que no es de mi incumbencia?
Aleksi se levantó, enfadado, irritado y muy
confuso, dispuesto a irse por donde había venido.
―¡Ikonen! ―se puso en pie y empezó a seguirle― ¿A dónde vas? ―Él aumentó
el ritmo y ella le cogió del brazo, haciéndole frenar.
―¡A ti
qué te importa, Hawke! ―le gritó furioso― ¿Por qué no le haces un favor al
mundo y te tiras en la nieve? A ver si con un poco de suerte te congelas.
Ella estiró la mano y la estrelló contra su
pálida piel, enfadada y ofendida.
―¡Eres
un idiota, Ikonen!
Él tenía la cara cruzada y se la acariciaba con
una mano, notó como la sangre caía por su nariz. Le había hecho daño, no solo
físicamente, eso era lo de menos, pero su orgullo estaba gravemente herido.
Giró la cara lentamente hacia ella, rabioso; Valo le miraba con superioridad y
prepotencia, como él solía mirarla a ella y a sus hermanos.
Se quedaron mirando unos instantes, hasta que el
sonido de unas pisadas aproximándose a ellos les sacó de su trance. La chica se
sorprendió al ver a sus dos hermanos corriendo, agitados y nerviosos, estaban
tan concentrados en su carrera que no se percataron de que dos rubios y un
caballo les observaban.
Nougat relinchó cuando les vio correr y ellos se
pararon en seco, sin comprender nada. Adam reconoció al caballo y se acercó a
él, Arvo le siguió.
―Adam.
El castaño desvió la mirada hasta su hermana y su
sangre empezó a arder cuando vio que estaba con Aleksi Ikonen.
―¿¡Qué
haces aquí!? ―gritó, recuperando el aliento―. ¿¡Qué haces aquí con ese!?
Arvo apareció detrás y con una mano le tocó en el
hombre, intentando calmarle.
―¿Y
vosotros qué hacéis aquí?
―Estamos perdidos ―la voz de su hermano mayor sonaba entrecortada y
respiraba agitadamente.
Valo se puso pálida, ella se había internado en
el bosque, demasiado decaída como para fijarse en el lugar al que se dirigía;
miró de forma desesperada a Aleksi, esperanzada de que él sí que supiera
volver.
―Está
anocheciendo ―dijo solemne el rubio de ojos verdes―. Lo mejor sería pasar aquí
la noche y ya mañana buscar el camino de vuelta.
Adam estaba apoyado en el caballo, con los puños
apretados.
―¡Eso
es una estupidez! ¡Pensaba que eras más espabilado, Ikonen!
―¡Cállate, Hawke! ¡Ayer me cogiste desprevenido, pero hoy estás en
peores condiciones que yo!
El castaño rió irónicamente y se apartó del caballo
y de Arvo, para situarse frente a Aleksi, y, con brusquedad sacó la espada de
su cinto, apuntándole al cuello, Aleksi retrocedió un par de pasos y Valo se
aferró a su brazo, asustada.
―¡Ya
basta, Adam! ―los tres miraron a Arvo― En vez de hacerte el gallito, podrías
emplear tu tiempo en hacer algo más constructivo, como encontrar un sitio en el
que dormir.
Los tres le miraban atónitos, sobretodo Adam, que
no podía creerse lo que acababa de escuchar.
A regañadientes se guardó la espada, y, como un
niño enfurruñado, se alejó de ellos.
―¿A
dónde vas?
Él maldijo en voz alta y se giró de mala gana.
―A
hacer algo constructivo.
Y dicho aquello, se giró de nuevo.
Arvo se percató de cómo su hermana sujetaba el
brazo de Aleksi y cuando ellos se dieron cuenta de hacia dónde iba dirigida la
mirada del rubio, se separaron disimuladamente.
―Ahora
que Adam no está, podemos hablar de forma pacífica. ¿Qué estáis haciendo aquí?
La chica se estremeció cuando vio cómo les miraba
su hermano, que no lo hacía de forma muy inocente.
―Yo…
―comenzó Valo―, bueno, yo vine para despejar la mente, después de lo que pasó
ayer he estado, bueno, ya sabes…
―No
deberías haber venido sola, hermana ―ella asintió, apenada―. ¿Y tú? ¿Qué
estabas haciendo aquí con ella, Aleksi?
Aleksi se puso nervioso y se limpió la sangre que
le caía de la nariz con la manga de su abrigo, manchándola. Hawke le había
llamado por su nombre y no por su apellido, como solían hacer sus hermanos
pequeños. Normalmente Arvo hacía caso omiso a sus insultos y burlas y tranquilizaba
a sus hermanos –sobre todo a Adam– cuando hacía un comentario demasiado
ofensivo y tenían intención de tirarse sobre él para arrancarle la cabeza. Por
eso solía respetarle, porque Arvo también le respetaba a él.
―La he seguido ―su confesión hizo que Valo
agachara la cabeza incómoda y que Arvo se pusiera un poco tenso, eso no se lo
esperaba y tampoco le gustaba mucho la idea, pero no dijo nada. La tensión que
había en el ambiente se podría haber cortado con una espada, Valo y Aleksi
estaban demasiado cerca y Arvo les observaba mientras acariciaba distraídamente
el cuello de Nougat.
―¡He
encontrado algo!
La voz de Adam irrumpió en el incómodo silencio
que se había formado, sin darse cuenta, el cielo se había oscurecido casi por
completo y el frío era más intenso. Valo reaccionó la primera, se acercó al
caballo y empezó a guiarle hasta donde estaba Adam, escapando de las
penetrantes miradas que había a su espalda.
——————————————————————————————————————
Los cuatro muchachos estaban sentados en círculo,
Adam y Arvo estaban a cada lado de Valo, dándole calor mientras que Aleksi
estaba recostado contra un árbol y tapado con una de las mantas que llevaba
Valo en las alforjas de Nougat. No
habían podido hacer fuego y cuanto más avanzaba la noche, más pesaba el frío
sobre ellos. Iba a ser una noche larga y cruel.
Los sonrosados labios de Valo, presentaban un
preocupante color azulado que no pasó desapercibido por sus hermanos, que cada
vez la abrazaban más fuerte.
―¿Tienes
frío?
Aleksi miró a la muchacha con ironía y un matiz
de irritación, Adam le miró a él con enfado y desdén.
―¿Tú
qué crees, Hawke?
Aunque le había hablado con desprecio, ella
sintió compasión por él. Estaba tapado con su abrigo y con una manta vieja que
llevaba Valo en la silla de su caballo, mientras que ella y sus tres hermanos
estaban juntos, cubiertos por otra manta más gruesa y por sus tres abrigos; sin
pensárselo dos veces, se deshizo de los brazos de sus hermanos, y, bajo la
atenta mirada de los tres, se acercó a Aleksi y se puso a su lado, cubriéndole
con su abrigo y brindándole su calor corporal.
―¡Qué
haces, Valo! ―la furiosa voz de Adam sonaba temblorosa, estaba tiritando de
frío.
Ella le miró desafiante.
―¿A ti
qué te parece?
Adam miró a Arvo, buscando en sus ojos azules, el
apoyo que necesitaba para reprocharle a su hermana pequeña la decisión que
acababa de tomar, pero Arvo no dijo ni hizo nada, en vez de eso, miró hacia la
oscuridad, posando los ojos donde estaba el caballo blanco atado; conocía a su
hermana demasiado bien, no les haría caso y prefería no empezar una nueva
discusión con ellos dos, no estando tan cansado.
―¡Bien!
―escupió Adam con amargura― ¡Ponte de su parte! ―dijo agarrando con fuerza la
ropa que le cubría―. Maldito Ikonen y malditos todos ―murmuró enfadado, y,
dicho aquello, se tumbó, pegado a su hermano y haciéndose un nido improvisado
para mantener el calor.
Arvo suspiró y se tumbó a su lado, murmurando un buenas noches que no recibió respuesta
de nadie, Adam no lo escuchó –más bien, no quiso escucharlo–, Valo estaba
concentrada en no perder el calor y Aleksi estaba demasiado aturdido como para
escuchar al rubio. La joven se tumbó, aferrándose fuertemente a Aleksi y
destapándose ligeramente al moverse, el frío la azotó violentamente, haciéndola
estremecer, y para sorpresa de ambos, Aleksi se tumbó a su lado y la abrazó con
fuerza con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo subía la manta para
cubrirles.
―Buenas
noches, Ikonen.
―Buenas
noches, Hawke.
Y dicho aquello, ambos cerraron los ojos,
dispuestos a dormir, sin saber que eran observados.
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